Capítulo 4: El Aroma De La Traición

La mansión de los Avalot no era un hogar; era un mausoleo de lujo donde los sentimientos se asfixiaban bajo capas de terciopelo y mármol. Verónica se adaptó con una rapidez asombrosa. Su inteligencia, forjada en la necesidad extrema, le permitió aprender las rutinas de la casa en menos de una semana. Sabía a qué hora Fernando tomaba su café —negro, amargo, sin una gota de distracción— y cuándo los pasos de Isabella se volvían erráticos por los pasillos debido al efecto de los sedantes.

​Verónica vestía el uniforme con una dignidad que desconcertaba al resto del personal. No caminaba con la cabeza baja; observaba. Analizaba cada cuadro, cada conversación interrumpida y, sobre todo, cada mirada que Fernando le lanzaba cuando creía que nadie lo veía.

​—Verónica, limpia la biblioteca principal. El señor Avalot tiene una reunión esta noche y todo debe estar impecable —ordenó el mayordomo jefe.

​Verónica asintió en silencio. Entrar en la biblioteca era entrar en el santuario de Fernando. El aire allí olía a papel viejo, tabaco caro y a una soledad que ella reconocía perfectamente. Mientras pasaba el plumero por los lomos de los libros encuadernados en cuero, la puerta se abrió. Era Isabella.

​La esposa de Fernando parecía una muñeca de porcelana a punto de romperse. Su cabello rubio estaba perfectamente peinado, pero sus ojos azules estaban vacíos, perdidos en algún lugar donde el dinero no podía alcanzarla.

​—Tú... la nueva —dijo Isabella, sentándose en un diván con elegancia lánguida—. ¿Cómo te llamas?

​—Verónica, señora —respondió ella, deteniendo su labor pero manteniendo la espalda recta.

​—Verónica... —Isabella repitió el nombre como si intentara saborear una realidad distinta—. Tienes una piel hermosa. Y esos ojos... parecen saber cosas que una chica como tú no debería saber. ¿Eres feliz aquí?

​Verónica sintió una punzada de desprecio disfrazada de lástima. ¿Cómo podía esa mujer, rodeada de millones, preguntar por la felicidad a alguien que había dormido en suelos de cemento?

​—La felicidad es un lujo que no todos pueden costear, señora. Yo me conformo con la seguridad —respondió Verónica con una sinceridad calculada.

​Isabella soltó una carcajada amarga.

—La seguridad es la mentira más cara de este mundo. Mira esta casa, Verónica. Es una fortaleza. Y aun así, me siento más desprotegida que una hoja al viento. No puedo darle lo único que él quiere. No puedo darle un hijo.

​Verónica guardó silencio, dejando que el peso de la confesión llenara la habitación. En ese momento, comprendió que Isabella no la veía como una amenaza porque no la consideraba un ser humano, sino una confidente desechable. Pero Verónica sabía que la información era poder, y acababa de recibir la llave maestra de la mansión.

​—Seguro que el señor Avalot la ama, señora —dijo Verónica, probando las aguas.

​—Fernando ama su apellido. Ama su legado. Yo solo soy el envase que salió defectuoso —Isabella se levantó, tambaleándose ligeramente—. No me mires con lástima. Sigue limpiando. Asegúrate de que el mundo siga brillando, aunque por dentro estemos podridos.

​Cuando Isabella salió, Verónica se quedó inmóvil. Su intuición peligrosa empezó a trabajar a toda marcha. El matrimonio estaba muerto, solo faltaba que alguien se atreviera a enterrarlo.

​Minutos después, Fernando entró en la biblioteca. Se detuvo al verla. La luz del atardecer entraba por el ventanal, iluminando el perfil de Verónica y dándole un aura casi mística. Él cerró la puerta tras de sí, un gesto que no pasó desapercibido para ella.

​—¿Has hablado con mi esposa? —preguntó Fernando, acercándose con pasos lentos y seguros.

​—La señora estaba angustiada, señor Avalot. Solo intenté ser educada.

​Fernando se detuvo a pocos centímetros de ella. El calor que emanaba de su cuerpo era una invitación y una amenaza al mismo tiempo. Verónica no retrocedió. Sabía que en ese juego, el primero que bajara la mirada perdía.

​—Isabella es... delicada —dijo él, su voz volviéndose un susurro grave—. Necesita cuidados que yo ya no sé cómo darle. Pero tú, Verónica... tú no eres delicada. Eres de hierro.

​—El hierro se forja en el fuego, señor. Y yo he pasado mucho tiempo quemándome —respondió ella, sosteniéndole la mirada verde con sus propios ojos claros.

​Fernando extendió una mano y, con un movimiento casi imperceptible, rozó un mechón de cabello castaño que se había escapado del recogido de Verónica. Fue un contacto eléctrico, un pacto silencioso que se selló en la penumbra de la biblioteca.

​—No te traje aquí para que fueras una sirvienta más, y ambos lo sabemos —sentenció Fernando—. Mi madre dice que eres inteligente. Yo digo que eres necesaria.

​—¿Necesaria para qué? —preguntó ella, aunque ya sospechaba la respuesta.

​—Para salvar un imperio.

​Fernando se alejó antes de que ella pudiera responder, pero el aroma de su perfume y la tensión de sus palabras quedaron flotando en el aire. Verónica apretó el plumero en su mano. Sabía que estaba caminando por el borde de un precipicio, pero por primera vez en su vida, el abismo no le daba miedo. Le daba hambre.

​Esa noche, desde su ventana, Verónica observó la ciudad que antes la despreciaba. Ahora estaba en el corazón del poder, y tenía el secreto de los Avalot en sus manos. No volvería a ser invisible. Si tenía que ser el pecado de Fernando para obtener su gloria, lo sería con gusto.

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