La mansión Avalot parecía contener el aliento. Esa noche, el cielo de Nueva York se había teñido de un púrpura violento, presagiando una tormenta que amenazaba con descargar sobre los rascacielos. Isabella, sumida en el sopor de sus calmantes, se había retirado temprano, dejando tras de sí un rastro de melancolía en el ala oeste de la casa. Alice, por su parte, había salido a una cena benéfica, pero Verónica sabía que su ausencia era una invitación silenciosa, un espacio despejado deliberadamente para que lo inevitable sucediera.Verónica se encontraba en la cocina, pero sus manos no se movían. Su mente estaba en la biblioteca, donde sabía que Fernando bebía frente a la chimenea. Se miró en el reflejo de una bandeja de plata. Ya no era la joven asustada que llegó de México; su mirada era más fría, más calculadora. Se soltó el cabello, dejando que las ondas castañas enmarcaran su rostro de belleza impactante, y caminó hacia el despacho principal.Al entrar, el olor a roble y brandy l
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