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Capítulo 6: Deseo y Pasión Descontrolada

La mansión Avalot parecía contener el aliento. Esa noche, el cielo de Nueva York se había teñido de un púrpura violento, presagiando una tormenta que amenazaba con descargar sobre los rascacielos. Isabella, sumida en el sopor de sus calmantes, se había retirado temprano, dejando tras de sí un rastro de melancolía en el ala oeste de la casa. Alice, por su parte, había salido a una cena benéfica, pero Verónica sabía que su ausencia era una invitación silenciosa, un espacio despejado deliberadamente para que lo inevitable sucediera.

​Verónica se encontraba en la cocina, pero sus manos no se movían. Su mente estaba en la biblioteca, donde sabía que Fernando bebía frente a la chimenea. Se miró en el reflejo de una bandeja de plata. Ya no era la joven asustada que llegó de México; su mirada era más fría, más calculadora. Se soltó el cabello, dejando que las ondas castañas enmarcaran su rostro de belleza impactante, y caminó hacia el despacho principal.

​Al entrar, el olor a roble y brandy la recibió. Fernando estaba sentado con la camisa desabrochada, observando las llamas con una expresión de derrota que le encogió el corazón a Verónica, aunque solo fuera por un segundo.

​—¿Viniste a decirme que el mundo se acaba, Verónica? —preguntó él sin mirarla, su voz arrastrada por el alcohol.

​—Vine a decirle que el mundo empieza donde usted decida, señor —respondió ella, cerrando la puerta con un clic que resonó como un disparo en el silencio de la habitación.

​Fernando se levantó lentamente. Sus ojos verdes estaban inyectados en sangre, pero su presencia seguía siendo imponente. Se acercó a ella hasta que el calor de sus cuerpos empezó a mezclarse. Verónica podía sentir la lucha interna de aquel hombre: el orgullo de su apellido contra la desesperación de su realidad.

​—Mi madre dice que eres la solución. Isabella dice que eres una buena empleada. Y yo... yo no sé qué eres —susurró Fernando, acortando la distancia—. Eres un peligro, Verónica. Lo huelo en tu piel.

​—Soy lo que usted necesita que sea. Puedo ser la sombra que limpia su casa o el vientre que salve su imperio. Pero no me pida que sea hipócrita. Ambos sabemos por qué estoy aquí esta noche —Verónica colocó una mano sobre el pecho de Fernando, sintiendo los latidos erráticos de su corazón.

​—Si hacemos esto, no habrá vuelta atrás. Isabella morirá por dentro si se entera, y tú... tú quedarás atada a mí de una forma que ni el dinero puede romper —advirtió él, aunque sus manos ya buscaban la cintura de ella, atrayéndola con una urgencia que no tenía nada que ver con los negocios.

​—Isabella ya está muerta, Fernando. Solo que nadie se ha atrevido a decírselo —respondió Verónica con una dureza gélida—. Y en cuanto a mí, prefiero estar atada a un imperio que libre en la miseria. No me tenga lástima. No la necesito. Necesito que me haga dueña de su destino.

​Fernando no pudo más. La mezcla de deseo, presión y la fascinación que sentía por esa mujer que no temía a nada lo hizo estallar. La besó con una ferocidad que buscaba castigarla y poseerla al mismo tiempo. Verónica respondió con la misma intensidad. En ese beso no había romance, había un contrato sellado con fuego; era la unión de dos ambiciones que se reconocían en la oscuridad.

​Él la levantó y la depositó sobre el gran escritorio de caoba, el mismo lugar donde se firmaban los acuerdos millonarios del Grupo Avalot. Entre documentos legales y planos arquitectónicos, Verónica se entregó al hombre que representaba todo lo que ella había jurado alcanzar. Mientras la tormenta estallaba fuera, golpeando los cristales de la mansión, dentro se gestaba una traición que cambiaría la historia de la familia para siempre.

​Cada caricia de Fernando era una promesa de riqueza; cada respuesta de Verónica era una confirmación de su poder. Ella se obligó a no olvidar por qué estaba allí, incluso cuando el placer amenazaba con nublarle el juicio. Este no era el amor que leía en las novelas; era el precio de su libertad.

​Horas más tarde, el silencio regresó a la biblioteca. Fernando se vestía con movimientos mecánicos, evitando mirar a Verónica, quien se arreglaba el uniforme con una calma inquietante.

​—Mañana hablaré con el abogado —dijo Fernando, dándole la espalda—. Se establecerá un fideicomiso a tu nombre. Recibirás una asignación mensual y, si los resultados son los que esperamos, la cifra se multiplicará. Pero nadie puede saberlo. Ante el mundo, sigues siendo la sirvienta.

​Verónica se acercó a él y le puso una mano en el hombro, obligándolo a mirarla. Sus ojos claros brillaban con una luz triunfal.

​—Ante el mundo, Fernando, puedo ser lo que quieras. Pero en esta habitación, ambos sabemos quién tiene ahora la sartén por el mango. No solo me has dado dinero. Me has dado tu futuro.

​Fernando la miró con una mezcla de miedo y admiración. Se dio cuenta de que había dejado entrar a un caballo de Troya en su fortaleza de cristal. Verónica salió de la biblioteca caminando con la frente en alto. Al pasar frente al espejo del pasillo, se detuvo. Su piel blanca estaba sonrosada y su mirada era la de una mujer que acababa de ganar su primera batalla real.

​No sentía culpa. No sentía remordimiento por Isabella. Mientras subía a su habitación en el área de servicio, Verónica se tocó el vientre. En ese momento, Nueva York ya no le parecía una bestia de cemento, sino un jardín que estaba lista para cosechar. El pacto del pecado estaba consumado, y el heredero de las sombras empezaba a ser una posibilidad latente que lo cambiaría todo.

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