Mundo ficciónIniciar sesiónLa atmósfera en la mansión se había vuelto irrespirable. Los tratamientos de fertilidad de Isabella habían fracasado una vez más, y el diagnóstico final de los médicos había caído como una sentencia de muerte sobre el linaje Avalot. Verónica, moviéndose como una sombra eficiente por los pasillos, no necesitaba que nadie le explicara lo que ocurría; lo leía en las ojeras de Fernando y en los gritos ahogados de Alice que se filtraban por las puertas cerradas del despacho.
Verónica sabía que su posición era privilegiada. Al ser la encargada de las áreas privadas de la planta noble, escuchaba lo que los abogados y los médicos susurraban. Había aprendido que el tiempo de Fernando se agotaba: en menos de un año, cumpliría los treinta, y si no había un hijo de por medio, el consejo de administración iniciaría el proceso para despojarlo de la dirección del grupo empresarial. —Es una mujer inútil, Fernando. Una inversión vacía —escuchó Verónica decir a Alice mientras limpiaba los cristales del pasillo adyacente—. Debes anular ese matrimonio o buscar una alternativa. El apellido no puede morir con ella. —¡No es tan simple, madre! —rugió Fernando—. Los Rivas tienen poder. Un divorcio ahora sería un escándalo que nos hundiría en la bolsa. Verónica se alejó antes de ser descubierta, con una sonrisa gélida dibujada en sus labios. Ella tenía la solución, y sabía que ellos también estaban empezando a considerarla. Esa tarde, Verónica decidió cambiar su estrategia. Ya no sería solo la sirvienta eficiente; sería la tentación necesaria. Se soltó un par de botones de su blusa de uniforme y dejó que su cabellera castaña cayera con un descuido estudiado. Sabía que Fernando estaría en el gimnasio privado de la mansión, tratando de quemar su frustración. Cuando entró para llevar toallas limpias, el aire estaba cargado de sudor y esfuerzo. Fernando estaba golpeando un saco de boxeo con una ferocidad salvaje. Su piel blanca estaba empapada y sus músculos se tensaban con cada impacto. Se detuvo al verla, jadeando, con los ojos verdes inyectados en una mezcla de rabia y agotamiento. —¿Te enviaron a espiarme, Verónica? —preguntó él, quitándose las vendas de las manos con brusquedad. —Vine a trabajar, señor. Pero parece que usted está tratando de destruir algo que no es el saco —respondió ella, acercándose sin miedo. Fernando la observó. Sus ojos claros brillaban con una comprensión que lo desarmaba. Ella no lo miraba con la compasión inútil de Isabella ni con la exigencia fría de su madre. Lo miraba como un igual que conoce el sabor del barro. —Tengo el mundo a mis pies y, sin embargo, estoy atado de manos —confesó Fernando, dejándose caer en un banco de pesas—. Mi padre dejó un testamento que es una soga al cuello. Necesito un hijo, Verónica. Un heredero que lleve mi sangre. Y mi esposa... ella no puede. Verónica se arrodilló frente a él, simulando que recogía las vendas del suelo. La cercanía era tal que él podía oler el aroma cítrico de su piel, tan distinto a los perfumes caros y artificiales de su mundo. —En mi país decimos que cuando una puerta se cierra, hay que romper una ventana —dijo ella en un susurro, mirándolo fijamente—. El apellido Avalot necesita sangre fuerte, sangre que sepa lo que es luchar. Quizás el problema no es el destino, sino el vientre que eligieron para él. Fernando se inclinó hacia ella, atrapando su barbilla con los dedos. La tensión era eléctrica, un arco de corriente que amenazaba con quemar los cimientos de la mansión. —¿Estás sugiriendo lo que creo, Verónica? ¿Sabes lo que eso significaría para ti? —preguntó él con voz ronca. —Significaría que dejaría de ser invisible —respondió ella con una valentía que lo dejó sin aliento—. Significaría que mi hijo tendría lo que yo nunca tuve. Y usted... usted conservaría su imperio. Es un negocio, señor Avalot. Y yo soy muy buena negociando. Fernando la soltó bruscamente, asustado por la claridad con la que ella leía sus deseos más oscuros. Pero la semilla ya estaba plantada. Durante los días siguientes, el comportamiento de Fernando cambió. Empezó a buscar excusas para quedarse a solas con ella. Le hacía preguntas sobre su vida en México, sobre sus sueños, sobre su familia. Se dio cuenta de que Verónica no solo era hermosa; tenía una intuición peligrosa y una mente analítica que superaba a la de muchos de sus socios comerciales. Mientras tanto, Isabella se hundía más en su depresión. Pasaba los días encerrada en su habitación, rodeada de frascos de pastillas y recuerdos de una felicidad que se le escapaba entre los dedos. No sospechaba que, en las sombras de su propia casa, la sirvienta a la que apenas saludaba estaba a punto de ocupar el lugar más sagrado de su vida. Una noche, Alice llamó a Verónica a sus aposentos privados. La matriarca estaba sentada con una elegancia imperial, observando un retrato de su esposo fallecido. —Mi hijo te mira de una forma distinta, Verónica —dijo Alice sin preámbulos—. No eres tonta. Sabes lo que está en juego. He investigado tu pasado. Viniste aquí sin nada, trabajando en lugares que preferiría no mencionar. Tienes hambre de poder. —Tengo hambre de justicia, señora Avalot —corrigió Verónica con calma. —Llámalo como quieras. Necesitamos un heredero. Isabella nunca lo dará. Si tú aceptas... si tú le das a Fernando lo que él necesita, te aseguro que nunca volverás a pasar hambre. Pero ese niño será un Avalot. Tendrás que desaparecer de su vida cuando nazca. Verónica sintió un escalofrío, pero su ambición era más fuerte que su instinto maternal incipiente. Sabía que esta era la oferta que había estado esperando desde que cruzó la frontera. —Acepto las condiciones de la oportunidad, pero no las del exilio —replicó Verónica, dando un paso al frente—. Si yo llevo a un Avalot en mi vientre, yo también seré parte de esta familia. No me conformaré con migajas. Alice sonrió de forma depredadora. Había encontrado a su igual. —Veremos de qué estás hecha, muchacha. El juego ha comenzado. Esa noche, Verónica regresó a su cuarto y se miró al espejo. El plan de los Avalot era usarla como una incubadora de lujo, pero ellos no sabían con quién se estaban metiendo. Ella no solo les daría un heredero; ella se convertiría en la dueña de la mano que mecía la cuna. La pobreza ya era un recuerdo lejano. El poder, en cambio, empezaba a oler a realidad.






