Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio en el ático de la Quinta Avenida era tan espeso que se podía cortar con un cuchillo. Fernando Avalot estaba de pie frente al ventanal de cristal que iba del piso al techo, observando las luces de Nueva York como si fuera un general vigilando un campo de batalla perdido. A sus veinticinco años, Fernando poseía la estampa de un hombre que no conocía la derrota: alto, de hombros anchos, con una piel blanca impecable y unos ojos verdes que solían emitir chispas de autoridad. Sin embargo, esa noche, sus ojos solo reflejaban un vacío gélido.
Sobre su escritorio de caoba descansaba un sobre con el sello de la clínica de fertilidad más prestigiosa de la ciudad. No necesitaba abrirlo de nuevo; las palabras "infertilidad idiopática" y "bajas probabilidades de éxito" estaban grabadas a fuego en su mente. —¿Otra vez aquí, Fernando? —La voz de su madre, Alice de Avalot, rompió el silencio. Él no se volvió. Escuchó el elegante taconeo de la mujer sobre el mármol. Alice era una figura imponente, una matriarca que consideraba que el apellido Avalot era un título nobiliario que debía protegerse a cualquier precio. Desde la muerte de Adrian Avalot en aquel fatídico accidente aéreo, la obsesión de su madre por asegurar la sucesión del grupo empresarial se había vuelto enfermiza. —La cláusula del testamento de tu padre es clara, hijo —continuó Alice, acercándose hasta quedar a su lado—. Si antes de los treinta años no hay un heredero varón, el control mayoritario de las empresas pasará al consejo de administración. ¿Vas a permitir que extraños destruyan el legado de tu padre por un capricho del destino? —No es un capricho, madre. Isabella no puede concebir —respondió Fernando con la mandíbula tensa. —Isabella es una mujer encantadora, de buena cuna y educación exquisita —sentenció Alice con una frialdad que helaba la sangre—, pero una mujer que no puede dar un heredero es una mujer incompleta para un Avalot. Debes buscar soluciones. El tiempo corre. Fernando apretó el vaso de cristal que sostenía en la mano. Amaba a Isabella, o al menos, amaba la idea de perfección que ella representaba. Su relación era el epítome de la alta sociedad: cenas de gala, portadas de revistas y una complicidad que todos envidiaban. Pero desde que los tratamientos fallidos comenzaron, esa complicidad se había podrido. En ese momento, Isabella Rivas entró en la biblioteca. Su belleza rubia era etérea, casi angelical, pero sus ojos azules estaban enrojecidos de tanto llorar. Llevaba un vestido de seda que parecía pesarle más que una armadura. —¿Siguen hablando de lo mismo? —preguntó ella con la voz quebrada—. ¿Siguen hablando de mí como si fuera un negocio que no dio beneficios? —Nadie dice eso, Isabella —mintió Fernando, aunque no fue capaz de mirarla a los ojos. —¡Tus ojos lo dicen cada vez que me tocas! —estalló ella—. Cada cena es un funeral. Tu madre me mira como si fuera una intrusa en mi propia casa. ¡Lo he intentado todo, Fernando! He pasado por cirugías, hormonas, dolor... ¿y qué recibo a cambio? Tu distancia. —El apellido exige sacrificios —intervino Alice sin un ápice de piedad. —¡El apellido es una cárcel! —gritó Isabella antes de salir corriendo de la habitación, el eco de su llanto perdiéndose por los pasillos de la mansión. Fernando se quedó solo con su madre. El peso del legado se sentía como una mano de hierro apretándole el cuello. Sabía que Alice tenía razón en algo: el consejo de administración estaba esperando cualquier señal de debilidad para arrebatarle el mando. Sus padres habían construido un imperio global, y él era el único eslabón que evitaba que se desmoronara. Pero el precio de mantenerlo parecía ser su propia alma. Esa noche, incapaz de soportar el silencio de su habitación matrimonial y el aroma a resentimiento de Isabella, Fernando tomó las llaves de su coche deportivo. Necesitaba aire, necesitaba velocidad, necesitaba algo que no fuera perfecto. Condujo sin rumbo fijo, alejándose de los vecindarios donde los apellidos tenían peso. Se adentró en las zonas donde la ciudad mostraba su verdadera cara, una cara sucia, ruidosa y peligrosa. Detuvo el coche en una calle lateral, lejos del brillo de los rascacielos. Bajó la ventanilla y encendió un cigarrillo, algo que Isabella detestaba. Observó el movimiento de la calle. Era un mundo de sombras donde la gente luchaba por un dólar como si fuera su último aliento. Y allí, entre el humo y el neón de un club de mala muerte, la vio. Una mujer acababa de salir del local. Tenía una cabellera castaña que el viento agitaba con furia y una mirada que, incluso a la distancia, parecía desafiar al mundo entero. No vestía sedas ni joyas, pero caminaba con una dignidad que Fernando no había visto en ninguna de las herederas con las que había crecido. Había algo en ella, una chispa de supervivencia pura, que lo dejó hipnotizado. En su mundo, todo era calculado, educado y estéril. En ella, vio algo salvaje, algo real. —Una mujer así no se rinde ante nada —pensó Fernando, sin saber que acababa de encontrar la pieza que faltaba en su tablero de ajedrez. Apagó el cigarrillo y puso en marcha el motor. Su mente, calculadora y fría, empezó a trazar un plan desesperado. Si su esposa no podía darle el heredero, tendría que buscarlo donde nadie se atreviera a mirar. Regresó a su mansión con una idea fija. A la mañana siguiente, llamaría a su asistente personal para una tarea inusual. —Necesito personal nuevo en la casa —diría—. Alguien que venga de abajo. Alguien que necesite el dinero tanto como para no hacer preguntas. El destino de Verónica Mora y el de Fernando Avalot acababan de colisionar en la oscuridad de una noche neoyorquina. El contrato del pecado estaba a punto de redactarse.






