La mansión amaneció envuelta en un extraño silencio.
Nadie hablaba más de lo necesario.
Hasta los empleados caminaban con discreción, como si comprendieran que aquel no era un día cualquiera.
En la habitación del bebé, Camila permanecía sentada junto a la cuna.
No había pegado los ojos en toda la noche.
Cada vez que observaba el rostro de su hijo, una nueva culpa nacía en su corazón.
—No importa lo que ocurra conmigo... —susurró mientras acariciaba la pequeña mano del niño—. Siempre voy a lucha