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Título 5: Ese Hombre Sera Mio

El domingo amaneció con una luz clara y serena, como si el mundo quisiera darle un respiro a Valeria. Julián llegó temprano, y esta vez la sombra de la duda parecía haberse disipado de su rostro. Quería proteger ese tesoro que había encontrado en ella, lejos del ruido del club y de las lenguas viperinas.

La casa de campo de los Ferrán era una joya de piedra y madera escondida entre colinas verdes y senderos de pinos. Al llegar, el silencio del bosque envolvió a la pareja. Para Valeria, que estaba acostumbrada al bullicio del barrio y al humo de la ciudad, aquel lugar se sentía como un paraíso privado.

​—Aquí nadie nos va a molestar, Vale —dijo Julián, abrazándola por la cintura mientras contemplaban el atardecer desde el porche—. Solo somos tú y yo.

​La entrega del alma

​Tras una cena tranquila a la luz de las velas, el ambiente se llenó de una intimidad que no habían tenido oportunidad de explorar con tanta profundidad. En la habitación principal, donde el fuego de la chimenea proyectaba sombras cálidas sobre las paredes, Julián tomó las manos de Valeria.

​Él la miró con una devoción que borraba cualquier rastro de las mentiras de Camila. En ese momento, no importaban los apellidos, ni las cuentas bancarias, ni el pasado.

​—Valeria, quiero que sepas que eres lo más puro que ha llegado a mi vida —susurró él, recorriendo con sus dedos la línea de su mandíbula—. No quiero que nada ni nadie nos dañe.

​Valeria se sintió segura, amada y, por primera vez, completamente libre. Se acercó a él, sellando la promesa con un beso que empezó lento y dulce, pero que pronto se cargó de una pasión contenida por meses.

​Hicieron el amor con la ternura de quien descubre un mundo nuevo. No fue solo una entrega física; fue el encuentro de dos almas que se reconocían como iguales. Julián se maravilló de la sencillez y la entrega total de Valeria, mientras que ella se perdió en la fuerza y el cuidado con el que él la sostenía. En la entrega de sus cuerpos, Valeria le entregó su vida entera, y Julián le prometió, en cada caricia, que sería su escudo contra cualquier tormenta.

​Mientras tanto, en la ciudad...

​Lejos de la paz de la montaña, Camila caminaba de un lado a otro en el apartamento. Había pasado todo el día sola, rumiando su odio. Cuando llamó a Valeria y esta no contestó, y luego Julián tampoco respondió, comprendió que estaban juntos en algún lugar inalcanzable para ella.

​La idea de que ellos estuvieran consolidando su amor, de que Valeria estuviera disfrutando del lujo y el afecto de Julián, la hacía retorcerse de furia.

​—Disfruta tu fin de semana, Valeria —siseó Camila, lanzando el teléfono contra la cama—. Entrégate a él, cree que ganaste. Porque cuando vuelvas, la caída será mucho más dolorosa.

​Camila abrió su computadora y empezó a descargar un programa de edición de fotos. Si las pruebas físicas no eran suficientes, ella misma crearía la "verdad" que Julián necesitaba ver. El veneno seguía hirviendo, y mientras Valeria dormía en los brazos del hombre que amaba, su supuesta mejor amiga pasaba la noche en vela, diseñando la trampa final que se activaría al regreso de la pareja.

La burbuja de felicidad en la que Valeria regresó de la casa de campo era tan brillante que resultaba ofensiva para alguien que vivía en la oscuridad. Valeria entró al apartamento con un brillo nuevo en los ojos, una serenidad que solo da la seguridad de saberse amada por completo.

Valeria encontró a Camila en la cocina, bebiendo café con la mirada perdida. Al verla, intentó ser prudente, pero su alegría era imposible de contener.

​—Cami... fue el fin de semana más hermoso de mi vida —susurró Valeria, sentándose frente a ella.

​Camila alzó una ceja, ocultando su rabia tras una máscara de indiferencia. —¿Ah, sí? ¿Y qué hicieron? ¿Pasear por el campo y hablar de la boda?

​Valeria bajó la mirada, con un rubor encendiendo sus mejillas. Se sentía tan unida a Camila que necesitaba compartir ese paso tan importante.

—Fue más que eso. Por fin... por fin nos entregamos por completo. Hicimos el amor, Cami. Y fue... fue como si nuestras almas se sellaran para siempre. Siento que ahora sí, nada podrá separarnos.

​El sonido de la cuchara de Camila golpeando el fondo de la taza de porcelana fue como un disparo en el silencio de la cocina. Por un segundo, la máscara de Camila se agrietó y sus ojos destellaron con un odio tan puro que Valeria retrocedió instintivamente.

​—¿Hicieron el amor? —repitió Camila, con una voz que vibraba de desprecio—. Qué romántico, Valeria. Qué "sencillo" y "puro" todo. ¿Y qué sigue? ¿Vas a empezar a actuar como la dueña de la mansión? ¿Ya te sientes una Ferrán solo porque te acostaste con él?

​—¡Cami! ¿Por qué me hablas así? —Valeria se puso de pie, dolida—. Pensé que como mi mejor amiga te alegrarías de que por fin me sienta segura con el hombre que amo.

​—¡Estoy harta de tu seguridad y de tu amor de cuento de hadas! —gritó Camila, levantándose también, la silla volando hacia atrás—. Te entregaste a él para asegurar el anillo, ¿no es cierto? Para que no pueda dejarte. Eres más lista de lo que pareces, "buena" Valeria.

​—¡Eso no es cierto! —Valeria empezó a llorar, sin entender el nivel de crueldad de su amiga—. Yo lo amo.

Camila salió de la cocina a zancadas y se encerró en su cuarto, golpeando la puerta con tal fuerza que los cuadros del pasillo vibraron.

—¿Así que crees que nada los va a separar? —siseó Camila, con las uñas enterradas en las sábanas—. Pues si el amor no muere solo, yo misma lo voy a matar.

El sonido del teléfono marcando en la penumbra de la habitación de Camila parecía el latido de un corazón oscuro. Valeria, en la habitación de al lado, seguía llorando en silencio, sin imaginar que su sentencia se estaba gestando a pocos metros de distancia.

​Al tercer tono, una voz ronca y cargada de cinismo respondió al otro lado.

​—¿Camila? Ha pasado mucho tiempo. ¿Te quedaste sin dinero o extrañas los problemas?

​—Déjate de bromas, Esteban —siseó Camila, bajando la voz mientras se pegaba a la puerta para asegurarse de que Valeria no escuchara—. Necesito un favor. Uno grande. Y sé que tú eres el único lo suficientemente sucio para hacerlo bien.

​Esteban era un hombre que Camila había conocido en los bajos fondos antes de intentar "limpiar" su imagen en el club. Un tipo que vivía de estafas, de engaños y que no tenía escrúpulos si el precio era el adecuado.

​—Te escucho —dijo Esteban, ahora con interés—. Pero sabes que mis favores no son baratos.

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