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Título: Un Encuentro Inesperado

El primer día en el Royal Oaks comenzó antes de que saliera el sol. El área de empleados era un hervidero de actividad, muy lejos del lujo silencioso que se respiraba en los salones principales.

​Valeria se miró en el espejo del vestidor. El uniforme consistía en una camisa blanca impecable, un chaleco negro ajustado y una falda a la rodilla. Se recogió el cabello en una coleta alta, dejando su rostro despejado. Se veía sencilla, pero su belleza natural —esa que no necesitaba maquillaje cargado— resaltaba con la pulcritud del atuendo.

​A su lado, Camila peleaba con la falda.

​—Esto es humillante —susurró Camila, aplicándose un labial rojo intenso que rompía con el código de vestimenta—. Parezco una colegiala interna. ¿Y estos zapatos? Son ortopédicos, Vale. Voy a perder todo mi estilo.

​—Estás guapísima, Cami —la animó Valeria, terminando de abotonar su chaleco—. Y los zapatos son para no morirnos de dolor. Escuché que hoy hay un evento de la Cámara de Comercio. Habrá mucha gente importante, tenemos que estar atentas.

​Una vez en el salón principal, el lujo las golpeó de frente. Lámparas de cristal de roca, suelos de mármol pulido y un aroma a flores frescas y perfumes caros.

​Valeria se movía con una gracia natural. A pesar de ser su primer día, trataba a todos con una cortesía auténtica. No era sumisión, era educación. Cuando un socio anciano derramó un poco de vino, ella apareció en segundos con una servilleta, limpiando el desastre con una sonrisa tan genuina que el hombre, acostumbrado a empleados robóticos, le dio las gracias personalmente.

​Camila, por el contrario, no miraba a las bandejas; miraba las muñecas de los hombres. Buscaba el brillo de un Rolex, la caída de un traje hecho a medida.

​"Si voy a estar aquí, que valga la pena el cansancio", pensaba Camila mientras ignoraba el llamado de una mesa en la esquina para enfocarse en un grupo de hombres jóvenes que reían cerca de la terraza.

​A mitad de la jornada, un murmullo recorrió el salón. Las puertas dobles se abrieron para dar paso a un hombre que caminaba con una seguridad que rozaba la arrogancia. Era joven, de unos treinta años, con ojos oscuros y una expresión impenetrable.

​—Ese es Julián Ferrán —susurró una de las meseras veteranas cerca de ellas—. El dueño de la mitad de los edificios de esta ciudad. Tengan cuidado, es exigente y no tolera errores.

​Camila enderezó la espalda de inmediato. Sus ojos brillaron con una ambición peligrosa.

—Ese es mi tipo —murmuró para sí misma, ignorando que tenía una orden de cafés pendiente.

​Sin embargo, el destino tiene formas extrañas de actuar. Julián Ferrán caminaba directo hacia su mesa reservada, pero alguien en el camino se tropezó. Valeria, que pasaba por allí con una jarra de agua, reaccionó con la agilidad de quien siempre ha tenido que valerse por sí misma. Evitó la colisión, pero unas gotas de agua saltaron hacia la manga del impecable traje de Ferrán.

​—¡Lo siento muchísimo, señor! —dijo Valeria, deteniéndose en seco, con las mejillas encendidas pero manteniendo la calma.

​Julián se detuvo. Miró la mancha en su brazo y luego levantó la vista para fulminar a quien fuera que lo hubiera interrumpido. Pero sus palabras se quedaron atrapadas en su garganta. Se encontró con los ojos de Valeria: unos ojos claros, inteligentes y, sobre todo, honestos. No había el miedo servil que siempre veía, ni el coqueteo barato que recibía de otras.

​—Fue mi culpa, no lo vi venir a tiempo —continuó ella, extendiendo una toalla de lino limpia—. Permítame.

​Camila, observando desde lejos, sintió una punzada de rabia que casi le hace soltar la bandeja.

¿Por qué ella?, pensó. ¿Por qué siempre Valeria termina en el centro de atención, incluso cometiendo un error?

​Julián Ferrán no dijo nada. Simplemente asintió, permitió que Valeria secara su manga y, por un segundo que pareció eterno, sostuvo su mirada antes de seguir caminando hacia la zona VIP.

Julián Ferrán no es solo un hombre rico; es el rostro del nuevo poder en la ciudad. A sus 32 años, ha logrado lo que a otros les toma vidas enteras: transformar el modesto negocio inmobiliario de su padre en un imperio tecnológico y de bienes raíces llamado "Grupo Ferrán".

Julián posee una elegancia que no se compra, sino que se impone. Es alto, de hombros anchos y movimientos precisos. Su rostro es de facciones marcadas: una mandíbula fuerte que siempre parece estar bajo tensión y unos ojos oscuros, casi negros, que analizan todo como si fuera una cifra en un balance financiero.

Julián es el heredero de una familia de tradiciones estrictas. Su madre, Doña Elena,es el alma de la familia. Es una mujer elegante, de unos 55 años, con ojos que siempre parecen estar sonriendo. Habiendo nacido en una familia acomodada, nunca permitió que el dinero endureciera su corazón.

​Esa noche, mientras regresaban a casa en el autobús, el silencio entre las dos amigas era pesado. Valeria estaba cansada pero satisfecha. Camila, en cambio, miraba por la ventana, con el labio inferior temblando de envidia. El juego había comenzado, y Camila no estaba dispuesta a dejar que Valeria ganara sin saber siquiera que estaba compitiendo.

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