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Título: 3 ¡No Permitiré Que Seas Su Esposa!

La mañana siguiente en el barrio era ruidosa; el sonido de los vendedores ambulantes y los motores viejos contrastaba con la paz que Valeria intentaba mantener mientras salía hacia su segundo día de trabajo. Se terminó de ajustar la bufanda, revisando mentalmente si llevaba las llaves, cuando al levantar la vista, su corazón dio un vuelco que casi la deja sin aliento.

​Frente a su modesto edificio, rompiendo la estética de cemento gris y cables enredados, estaba estacionado un sedán negro de lujo, brillante y fuera de lugar. Apoyado contra la puerta del copiloto, con un traje gris humo que gritaba poder, estaba Julián Ferrán.

Valeria se quedó paralizada en el último escalón. El pánico recorrió su espalda.

¿Qué hacía el atractivo hombre del club allí? ¿Acaso iba por haberle mojado su costoso traje?.

—Señor .… —balbuceó Valeria, acercándose con pasos cortos, sintiéndose de repente muy pequeña en sus jeans desgastados y su chaqueta sencilla—. Si es por lo de ayer, le juro que fue un accidente. Yo… yo puedo pagar la tintorería, aunque sea por cuotas, pero por favor, no hable con el gerente del club. Necesito ese empleo.

​Julián, que la había estado observando desde que salió por la puerta, dejó escapar una media sonrisa, una que no era fría como la del día anterior, sino curiosa. Se enderezó y caminó hacia ella, acortando la distancia hasta que Valeria pudo oler su perfume: maderas y algo metálico, como la lluvia.

​—No vine por el traje, Valeria —dijo él, y el sonido de su nombre en esa voz profunda la hizo estremecer—. La tela es lo de menos.

​Valeria parpadeó, confundida— ¿ Cómo sabe mi nombre?.

Julián guardó silencio un segundo, bajando la mirada hacia los ojos de ella, esos que lo habían perseguido desde la tarde anterior.

​—Ayer después de que te fuiste, intenté concentrarme en una cena de negocios de tres horas —confesó él con una franqueza que la desarmó—. Pero no pude. No dejé de pensar en tus ojos en toda la noche. Había algo en ellos que no encajaba con ese lugar. Una luz… demasiado real para un club lleno de gente falsa.

​Valeria sintió que el mundo se detenía. Un hombre como él, que seguramente tenía a las mujeres más sofisticadas de la ciudad a sus pies, estaba allí, en su barrio humilde, diciéndole que no había podido olvidarla.

​—Yo… no sé qué decir —respondió ella, sintiendo un calor subir por sus mejillas.

Valeria dio un paso atrás, con la espalda rozando casi el borde de la acera. Sus cejas se juntaron en un gesto de pura confusión.

​—¿Cómo sabe mi nombre? —preguntó en un susurro, con el corazón martilleando contra sus costillas—. Ayer... ayer no llevaba mi identificación puesta, apenas nos estaban entregando los gafetes.

​Julián soltó una risa breve, casi imperceptible, que suavizó las líneas duras de su rostro. No era una risa de burla, sino de alguien que disfruta de un pequeño triunfo.

​—Tengo recursos, Valeria. Cuando algo me interesa, no me detengo hasta saber exactamente a qué me enfrento —respondió él, dando un paso más hacia ella, invadiendo ese espacio personal que en cualquier otro hombre le habría parecido una falta de respeto, pero que en él se sentía como una invitación—. Conseguir el nombre de la mujer que casi me empapa con una jarra de agua no fue la tarea más difícil de mi carrera.

​Valeria tragó saliva. La idea de que este hombre hubiera movido sus influencias solo para identificarla la hacía sentir halagada y, a la vez, extrañamente vulnerable.

​—Me investigó... —dijo ella, tratando de procesar la información—. Señor Ferrán, soy una mesera. Una chica normal que vive en un apartamento pequeño. No hay nada en mí que requiera una investigación.

​—Eso es lo que tú crees —replicó Julián, clavando sus ojos oscuros en los de ella.

El tiempo pasó volando, y lo que comenzó como un encuentro fortuito en una acera gris se transformó en un romance que detuvo el tiempo para ambos. Julián, el hombre que solo creía en los números y la eficiencia, descubrió con Valeria la calidez de un café en un parque y la belleza de una conversación sin intereses ocultos. Para ella, Julián era el caballero que veía su alma antes que su apariencia.

​Sin embargo, en el mundo de las sombras, la envidia no descansa; solo se alimenta en silencio.

​Habían pasado tres meses. Valeria vivía en una nube de felicidad, pero no había dejado su trabajo en el club. Su naturaleza sencilla le impedía aceptar los lujos de Julián sin sentir que perdía su esencia. Pero esa misma integridad era la que Camila usaba como arma.

Una noche llego Valeria emocionada al apartamento.

Camila dejó la revista lentamente. Sus ojos se clavaron en la piedra. Era una joya clásica, de una pureza absoluta, exactamente el tipo de anillo que ella había visualizado en su propia mano mil veces mientras dormía. Por un segundo, el silencio fue tan denso que Valeria dejó de sonreír, confundida por la falta de reacción.

​—Es… grande —logró decir Camila, forzando una sonrisa que se sintió como una máscara de yeso a punto de romperse.

Esa misma noche, mientras Valeria intentaba dormir —quizás soñando con flores blancas y altares—, Camila se sentó en la oscuridad de la cocina con su teléfono en la mano. Su mirada estaba perdida en la pared descascarada, pero sus dedos se movían con precisión quirúrgica.

​Había recordado algo que Valeria, en su infinita honestidad, le había contado años atrás: un viejo amor de la adolescencia, alguien que no terminó bien, un hombre llamado Ramiro.

​"Si no puedo ser la prometida de Julián, me encargaré de que él no quiera tener a Valeria como la suya", susurró Camila.

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