Mundo ficciónIniciar sesiónValeria estaba sentada en el borde de su cama, con los ojos hinchados y el corazón roto por las palabras de su amiga. El silencio en el apartamento era pesado, hasta que escuchó un suave toque en la puerta.
—¿Vale? ¿Puedo pasar? —La voz de Camila sonaba suave, quebrada, perfectamente ensayada para simular arrepentimiento. Sin esperar respuesta, Camila entró con una pequeña bandeja. Sobre ella, una taza de té despedía un vapor aromático que inundó la habitación. Valeria la miró con sorpresa; su naturaleza noble siempre estaba dispuesta a perdonar. —Perdóname, de verdad —dijo Camila, sentándose a su lado con una expresión de profunda tristeza—. Soy una tonta, estoy llena de miedos y dije cosas horribles porque no sé cómo lidiar con el hecho de que te vas. La envidia me cegó por un segundo, pero no quiero que estemos mal. —Cami, yo te quiero mucho... —susurró Valeria, sintiendo que un peso se le quitaba de encima al ver a su "hermana" de regreso. —Lo sé, y por eso te preparé este té de tilo. Estás muy nerviosa y mañana tienes que estar radiante para seguir con los preparativos. Tómatelo todo, por favor, hazlo por nuestra amistad. Necesitas descansar. Valeria, confiando plenamente en la mujer con la que había compartido toda su vida, tomó la taza entre sus manos. El líquido estaba caliente y dulce. Lo bebió lentamente, agradeciendo el gesto, mientras Camila la observaba con una intensidad que Valeria, en su inocencia, confundió con cariño. Lo que Valeria no sabía era que, minutos antes, en la cocina, Camila había vaciado un frasco entero de sedantes potentes en esa infusión. Una dosis diseñada para sumirla en un sueño tan profundo que nada pudiera despertarla en horas. los pocos minutos, Valeria sintió que sus párpados pesaban como plomo. —Me siento... muy cansada de repente, Cami —balbuceó, tratando de mantener los ojos abiertos. —Es el efecto del té, tranquila. Déjate llevar, descansa —murmuró Camila, ayudándola a recostarse y acomodando la almohada con una frialdad aterradora. En cuanto Valeria se sumergió en la inconsciencia, la expresión de Camila cambió por completo. La ternura fingida desapareció, dejando paso a una mirada gélida. Observó el anillo de diamantes en el dedo de su amiga, brillando bajo la luz de la lámpara de noche. —Dulces sueños, "princesita" —siseó Camila. Mientras tanto, en el salón principal de la mansión, el ambiente era cálido. Julián caminaba de un lado a otro con una copa de coñac en la mano, pero no por nervios, sino por una energía desbordante que no podía contener. Su madre, Doña Elena, lo observaba desde el sofá de seda con una sonrisa que pocas veces le dedicaba a nadie. —Hijo, nunca te había visto así —dijo ella, dejando de lado los catálogos de flores—. Realmente esa muchacha ha hecho un milagro contigo. —Es que no es como nadie que hayamos conocido, mamá —respondió Julián, deteniéndose frente al gran ventanal que daba a los jardines—. Valeria tiene una luz que no se apaga con nada. Es honesta, es valiente... Este fin de semana en el campo me di cuenta de que no solo quiero casarme con ella; quiero ser el hombre que ella se merece. Ella me hace querer ser mejor. Doña Elena asintió, conmovida. —Me alegra que hayas elegido con el corazón y no con el libro de cuentas. Valeria es una joya rara, Julián. Cuídala. Julián sonrió, sintiendo que el pecho le estallaba de felicidad. En ese momento, su único pensamiento era que faltaban muy pocos días para que Valeria Salinas fuera, oficialmente, su esposa. Camila bajó en silencio y dejó entrar a Esteban. Él era un hombre alto, de mirada turbia y cicatrices que contaban historias de una vida violenta. Eran apenas las seis de la mañana cuando el teléfono de Julián, sobre la mesa de noche de su lujosa habitación, empezó a vibrar. Él estiró la mano, aún adormilado, pero al ver el nombre de Camila en la pantalla, se sentó de golpe. —¿Camila? —contestó con la voz ronca—. ¿Qué pasa? ¿Valeria está bien? Al otro lado de la línea, Camila fingió una respiración agitada, casi un sollozo contenido. Se aseguró de que el silencio del apartamento enfatizara su supuesta angustia. —Julián... por favor, necesito que vengas —dijo Camila con voz quebrada—. No me preguntes nada por teléfono, no puedo... solo ven rápido. No sé qué hacer, esto se salió de control. —¿De qué hablas? ¿Pasó algo en el apartamento? ¡Camila, háblame! —Julián ya estaba fuera de la cama, poniéndose los pantalones con una mano mientras sostenía el teléfono con la otra. —Solo ven, Julián. Por favor, apresúrate antes de que él se vaya. Camila colgó antes de que él pudiera hacer otra pregunta. Sabía que el misterio era el combustible más potente para la desesperación de un hombre enamorado. los pocos minutos, el sonido del auto de Julián frenando bruscamente frente al edificio retumbó en la calle desierta. Julián subió las escaleras de tres en tres, con el corazón golpeándole las costillas como un animal enjaulado. Al llegar al rellano, vio la puerta entreabierta. Ese detalle, tan pequeño y tan aterrador, fue la primera señal de que su paraíso estaba a punto de incendiarse. Entró al apartamento y el olor a licor barato y el silencio sepulcral lo recibieron como una bofetada. —¿Camila? —llamó en un susurro cargado de pavor. Camila salió del pasillo, se tapó la boca al verlo y señaló con mano temblorosa hacia la puerta de la habitación de Valeria. No dijo una palabra, pero su mirada de "lástima" fue el golpe de gracia para el corazón de Julián. Julián avanzó por el pasillo con las piernas pesadas, como si caminara a través de lodo. Cada paso que daba hacia la habitación de Valeria era una puñalada a su propia esperanza. Camila, detrás de él, mantenía una mano sobre su boca, simulando un llanto que en realidad era una mueca de triunfo contenido. —No entres, Julián... es mejor que no entres —susurró Camila, sabiendo perfectamente que eso era lo único que le faltaba para empujarlo a abrir la puerta. Julián no la escuchó. Con un movimiento violento y desesperado, empujó la puerta de par en par. En la cama, bajo las sábanas blancas que Julián había imaginado tantas veces como el lecho de su noche de bodas, yacía Valeria. El efecto del sedante era tan potente que su respiración era lenta y pesada, ajena al mundo que se derrumbaba a su alrededor. Estaba desnuda, con los hombros descubiertos y el cabello castaño esparcido sobre la almohada en un desorden que, a ojos de Julián, solo podía significar una cosa. —¡Maldito seas! —rugió Julián, lanzándose hacia Esteban con el puño cerrado, dispuesto a destrozarle la cara. Pero antes de que pudiera tocarlo, Camila reaccionó con la rapidez de una serpiente. Se interpuso entre los dos, envolviendo los brazos de Julián con una fuerza desesperada. —¡No, Julián! ¡No lo hagas! —gritó Camila, fingiendo un ataque de pánico—. ¡Vámonos de aquí, por favor! No te rebajes a su nivel. Si lo golpeas, habrá policía, escándalos... ¡Tu familia, Julián! Piensa en tu madre. No permitas que esta... esta mujer arruine también tu carrera y tu reputación. Camila no lo detenía por compasión hacia Esteban, ni mucho menos por proteger a Julián. Su miedo era mucho más egoísta: el estado de Valeria. Si Julián llegaba a las manos con Esteban, el alboroto despertaría a Valeria de golpe. Y si Valeria despertaba en ese momento, confundida, balbuceando por el efecto del sedante, con la mirada perdida y sin coordinación, Julián —que no era un hombre estúpido— podría notar que algo no andaba bien. Podría ver que ella estaba drogada y no dormida. El plan de Camila dependía de que Julián se fuera con la imagen de una traición consciente, no de un abuso. —¡Suéltame, Camila! ¡Lo voy a matar! —forcejeó Julián, cuyos ojos no se apartaban de la figura de Esteban. —¡Mírala, Julián! —le espetó Camila, señalando a la Valeria inconsciente con desprecio—. Ni siquiera se inmuta con tus gritos. Está tan cómoda con él que ni te siente. ¿De verdad vas a ir a la cárcel por alguien que te cambió por este tipo en tu propia cama? ¡Vámonos, te lo suplico! —Tienes razón —dijo Julián, con una voz que ya no era de furia, sino de una frialdad cadavérica—. No vale ni un solo golpe de mi parte. Julián se soltó del agarre de Camila y caminó hacia la puerta. Se detuvo un segundo en el umbral, sin mirar atrás. 






