18: Una verdad a medias

Durante varios segundos, Camila fue incapaz de decir una sola palabra.

La cafetería seguía llena de gente. Había conversaciones en las mesas cercanas, el sonido de una máquina de café funcionando al fondo y el tintinear ocasional de algunas tazas. Sin embargo, todo aquello parecía muy lejano. Lo único que lograba escuchar era la última frase de Alejandro repitiéndose una y otra vez dentro de su cabeza.

"Era alguien que amó profundamente a tu madre."

Aquellas palabras parecían demasiado simples para provocar semejante impacto, pero lo habían hecho. Porque de pronto Sebastián Durán había dejado de ser un nombre escrito en un documento antiguo. Ahora era una persona real. Una persona que había formado parte de la vida de Valeria. Una persona que parecía ocupar un lugar importante en una historia que llevaba años intentando comprender.

Camila observó a Alejandro sin apartar la mirada. Había aprendido a reconocer cuándo estaba ocultando algo. Lo hacía desde que era pequeña. Lo había visto desviar conversaciones incómodas, cambiar de tema cuando ciertas preguntas se acercaban demasiado a la verdad y utilizar respuestas ambiguas para evitar decir más de lo que quería. Sin embargo, en ese momento percibió algo diferente. No parecía estar ocultando información por conveniencia. Parecía hacerlo porque le costaba hablar de ella.

—¿Y mi madre lo amaba a él?

La pregunta salió con suavidad.

Alejandro tardó varios segundos en responder.

—Sí.

Aquella única palabra fue suficiente para hacer que el corazón de Camila se acelerara.

—Entonces estuvieron juntos.

—Sí.

—¿Mucho tiempo?

El hombre tomó aire antes de responder.

—Más del que muchos creían.

Camila apoyó lentamente la espalda contra la silla. Poco a poco empezaba a dibujarse una historia. Una historia incompleta, llena de espacios vacíos, pero una historia al fin y al cabo.

—¿Por qué nunca escuché hablar de él?

La expresión de Alejandro se ensombreció.

—Porque después de lo que ocurrió, nadie volvió a mencionarlo.

—¿Qué ocurrió?

El silencio regresó.

Y esa vez fue más pesado que antes.

Alejandro observó la taza de café frente a él durante varios segundos antes de responder.

—Las cosas terminaron mal.

—¿Qué tan mal?

El hombre dejó escapar una pequeña sonrisa triste.

—Lo suficientemente mal para cambiar muchas vidas.

Aquella respuesta provocó una oleada de frustración en Camila. Estaba cansada de caminar en círculos. Cansada de que cada respuesta trajera nuevas preguntas. Cansada de que todo el mundo pareciera conocer partes de la historia excepto ella.

—Alejandro.

La firmeza en su voz hizo que él levantara la mirada.

—Necesito que dejes de hablarme como si tuviera diez años.

El empresario permaneció inmóvil.

—Ya no soy una niña.

—Lo sé.

—Entonces deja de protegerme de cosas que ni siquiera entiendo.

Por un instante, algo parecido al dolor cruzó el rostro de Alejandro.

—No intento protegerte de la verdad.

—Entonces ¿de qué?

La respuesta llegó tan bajo que casi no la escuchó.

—De las consecuencias.

Aquellas palabras la dejaron inmóvil.

Porque sonaban sinceras.

Demasiado sinceras.

Y porque por primera vez sintió que Alejandro no temía contarle el pasado.

Temía lo que sucedería después.

Antes de que pudiera seguir preguntando, el teléfono del empresario vibró sobre la mesa.

Alejandro observó la pantalla.

Su expresión cambió inmediatamente.

No fue un cambio grande.

Pero sí suficiente para que Camila lo notara.

Preocupación.

—¿Ocurre algo?

Él rechazó la llamada.

—No.

Mentira.

Camila lo supo de inmediato.

Y Alejandro también supo que ella lo sabía.

Sin embargo, ninguno insistió.

Al menos no en ese momento.

Mientras tanto, a varios kilómetros de allí, Leonardo atravesaba el estacionamiento subterráneo del edificio corporativo de los Montenegro con el ceño fruncido.

Acababa de salir de una reunión interminable y estaba de pésimo humor.

Los últimos días habían sido agotadores. Entre las discusiones con su padre, las presiones relacionadas con el matrimonio y las constantes llamadas de Andrea, sentía que cada aspecto de su vida se estaba volviendo más complicado.

Sacó las llaves del automóvil mientras caminaba hacia su plaza de estacionamiento.

Y entonces escuchó una voz.

—Necesitamos hablar.

Leonardo cerró los ojos por un instante.

Porque reconoció aquella voz inmediatamente.

Andrea.

Cuando se giró, la encontró apoyada contra una columna cercana.

Impecablemente vestida como siempre.

Hermosa.

Segura.

Y claramente enfadada.

—Estoy ocupado.

—No me importa.

Aquella respuesta hizo que él apretara la mandíbula.

—Andrea.

—No. Esta vez me escucharás.

La mujer avanzó varios pasos hacia él.

—¿Es verdad?

—¿Qué cosa?

—Que sigues adelante con el matrimonio.

El silencio fue suficiente respuesta.

Y Andrea lo entendió.

—Así que es verdad.

Leonardo soltó un suspiro cansado.

—No es tan simple.

—Claro que lo es.

La mujer cruzó los brazos.

—O te casas con ella o no te casas con ella.

—Hay cosas que no entiendes.

—Entonces explícamelas.

Por primera vez en mucho tiempo, Leonardo no supo qué responder.

Porque ni siquiera él entendía completamente lo que estaba ocurriendo.

No entendía la obsesión de su padre con Camila.

No entendía los secretos.

No entendía por qué cada vez que intentaba alejarse de aquella situación terminaba más involucrado.

Y tampoco entendía por qué, cuando pensaba en todo aquello, terminaba recordando la expresión de Camila durante los últimos días.

La forma en que insistía en buscar respuestas.

La manera en que se enfrentaba a Alejandro.

La tristeza que había visto en sus ojos cuando hablaban de su madre.

Aquellos pensamientos aparecían cada vez con más frecuencia.

Y eso comenzaba a incomodarlo.

—Voy a resolverlo.

La respuesta no pareció tranquilizar a Andrea.

Todo lo contrario.

—¿Resolverlo cómo?

—Todavía no lo sé.

Ella soltó una carcajada amarga.

—Increíble.

—Andrea...

—No. Lo increíble es que sigas permitiendo que tu padre controle tu vida.

Las palabras golpearon exactamente donde pretendían.

Porque eran una de las pocas críticas que Leonardo ya se estaba haciendo a sí mismo.

Y Andrea lo sabía.

Por eso las utilizó.

—No voy a discutir esto contigo.

La mujer lo observó durante varios segundos.

Y cuando volvió a hablar, su voz sonó más fría que nunca.

—Haz lo que quieras, Leonardo.

Después dio media vuelta y comenzó a alejarse.

Pero antes de desaparecer entre los automóviles, se detuvo.

—Solo recuerda algo.

Leonardo levantó la vista.

—Las personas no suelen darse cuenta de lo que están perdiendo hasta que es demasiado tarde.

Y luego se marchó.

Durante varios segundos él permaneció inmóvil.

Observando el lugar donde había estado.

Sin saber que aquellas palabras terminarían persiguiéndolo mucho más adelante.

Mucho más de lo que cualquiera de los dos podía imaginar.

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