Durante los días siguientes, Camila no logró sacarse de la cabeza la conversación con Alejandro ni las fotografías que Leonardo había encontrado.
Cada vez que intentaba concentrarse en su trabajo, terminaba observando la imagen donde aparecía Valeria junto a aquel hombre desconocido. Había algo en ella que la inquietaba. No sabía si era la forma en que su madre sonreía o la manera en que aquel hombre la observaba, pero la fotografía transmitía una cercanía imposible de ignorar.
Y cuanto más la observaba, más convencida estaba de que aquel hombre tenía alguna relación con Sebastián Durán.
Sin embargo, seguía sin tener pruebas.
Solo intuiciones.
Y las intuiciones rara vez eran suficientes.
Aquella mañana intentó avanzar en varios encargos pendientes para una exposición local que tendría lugar dentro de algunas semanas. Normalmente trabajar le ayudaba a ordenar sus pensamientos, pero esta vez no estaba funcionando. Después de media hora frente al mismo lienzo, terminó dejando el pincel sobre la mesa con frustración.
Fue entonces cuando sonó el teléfono.
Al ver el nombre en la pantalla, suspiró.
Leonardo.
Últimamente se estaba convirtiendo en una costumbre.
—Hola.
—Necesito que me acompañes a un evento esta noche.
Camila parpadeó.
—¿Perdón?
—Escuchaste bien.
—¿Y por qué exactamente haría eso?
Al otro lado de la línea hubo un breve silencio.
—Porque mi padre insiste.
—Tu padre insiste en muchas cosas.
—Lo sé.
—Y normalmente tampoco le hago caso.
Aquello provocó una pequeña risa en Leonardo.
Una risa breve.
Tan rápida que casi pasó desapercibida.
—Es una cena benéfica.
—Eso no responde mi pregunta.
—Necesito llegar acompañado.
Camila apoyó una mano sobre la frente.
—Leonardo...
—Por favor.
La palabra la sorprendió tanto que durante unos segundos olvidó responder.
Porque jamás había escuchado a Leonardo Montenegro pedir algo de aquella manera.
—¿Acabas de decir por favor?
—No te acostumbres.
Aquello consiguió arrancarle una sonrisa.
Pequeña.
Pero real.
—Lo pensaré.
—Camila.
—Lo pensaré.
Y colgó antes de que él pudiera insistir.
Tres horas después estaba arrepintiéndose de haber aceptado.
Completamente.
Frente al espejo de su apartamento observó el vestido azul oscuro que había elegido para la ocasión. Era elegante sin ser excesivo. Sofía insistía en que se veía hermosa.
Camila pensaba que estaba a punto de cometer un error.
—Relájate.
Sofía terminó de acomodarle un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Es una cena.
No una ejecución.
—Para ti es una cena.
Para mí es una habitación llena de personas que probablemente me odian.
—No te odian.
—La madre de Leonardo sí.
—Bueno, ella sí.
Camila soltó una carcajada.
Aquella sinceridad era una de las razones por las que adoraba a Sofía.
—Gracias por el apoyo.
—De nada.
Ahora ve y deslumbra a esos millonarios.
Cuando Leonardo llegó a recogerla, tardó varios segundos en reaccionar al verla.
Y aquello no pasó desapercibido para ninguno de los dos.
Camila observó cómo su mirada permanecía fija en ella más tiempo del habitual.
No fue algo exagerado.
Ni particularmente romántico.
Pero ocurrió.
Y resultó suficiente para ponerla nerviosa.
—¿Qué?
La pregunta hizo que Leonardo pareciera volver a la realidad.
—Nada.
—Mentira.
—Te ves bien.
Aquellas tres palabras lograron que el corazón de Camila diera un pequeño salto.
Inmediatamente se regañó a sí misma por ello.
Porque era ridículo.
Absolutamente ridículo.
Pero aun así ocurrió.
—Gracias.
El trayecto hasta el evento transcurrió en relativa tranquilidad.
Por primera vez desde que comenzó toda aquella locura, fueron capaces de mantener una conversación normal. Hablaron sobre arte. Sobre exposiciones. Sobre algunos proyectos empresariales. Incluso descubrieron que ambos compartían el gusto por ciertas películas antiguas.
Pequeñas cosas.
Detalles sin importancia.
Pero suficientes para que el silencio dejara de sentirse incómodo.
Y aquello era nuevo.
Muy nuevo.
La cena se celebraba en uno de los hoteles más exclusivos de la ciudad.
Desde el momento en que entraron, Camila sintió decenas de miradas sobre ella.
Algunas curiosas.
Otras sorprendidas.
Y unas cuantas claramente críticas.
Intentó ignorarlas.
Sin demasiado éxito.
—No los mires.
La voz de Leonardo sonó a su lado.
—¿Qué?
—Mientras más los mires, peor será.
Camila suspiró.
—Hablas como si tuvieras experiencia.
—La tengo.
Por alguna razón aquello consiguió tranquilizarla un poco.
No mucho.
Pero sí lo suficiente para seguir avanzando.
Durante la siguiente hora saludaron personas, participaron en conversaciones aburridas y escucharon discursos que parecían no tener fin.
Todo marchaba razonablemente bien.
Hasta que apareció Andrea.
Camila la vio antes incluso de que se acercara.
Hermosa.
Elegante.
Y completamente segura de sí misma.
Vestía un impresionante vestido negro que atrajo inmediatamente la atención de varias personas.
Andrea caminó directamente hacia ellos.
Y la tensión apareció de inmediato.
—Leonardo.
Su sonrisa era perfecta.
Practicada.
Impecable.
Después dirigió la mirada hacia Camila.
—Qué sorpresa verte aquí.
Camila reconoció el tono.
Era el mismo que utilizaban algunas personas para disfrazar una ofensa como un cumplido.
—Buenas noches, Andrea.
La sonrisa de la mujer se amplió.
—Pensé que este tipo de eventos no eran lo tuyo.
Aquella frase era inocente para cualquiera que escuchara.
Pero ambas sabían exactamente lo que significaba.
No perteneces aquí.
Camila sintió la punzada.
La incomodidad.
La humillación.
Y antes de que pudiera responder, Andrea continuó.
—Aunque supongo que uno se acostumbra rápido a ciertas comodidades.
El comentario fue sutil.
Pero no lo suficiente.
Porque Leonardo lo escuchó.
Y porque esta vez no estaba dispuesto a ignorarlo.
Su expresión se endureció inmediatamente.
—Andrea.
La mujer giró hacia él.
—¿Sí?
—Basta.
La sonrisa desapareció apenas un segundo.
—No sé de qué hablas.
—Sí lo sabes.
El silencio que siguió fue incómodo.
Muy incómodo.
Y por primera vez desde que conocía a Leonardo, Camila vio algo que jamás había esperado.
Él estaba defendiendo su dignidad.
No de forma grandiosa.
No con una escena pública.
Pero sí de manera clara.
Directa.
Sin ambigüedades.
—Camila está aquí porque yo la invité.
La voz de Leonardo permaneció tranquila.
—Y espero que la trates con respeto.
Andrea se quedó inmóvil.
Sorprendida.
Quizás incluso herida.
Porque claramente no esperaba aquella reacción.
Y sinceramente...
Camila tampoco.
Por unos segundos nadie habló.
Finalmente Andrea sonrió de nuevo.
Pero esta vez la sonrisa no alcanzó sus ojos.
—Por supuesto.
Después se alejó.
Y la tensión desapareció junto con ella.
Camila permaneció observándola mientras se perdía entre los invitados.
Sin terminar de creer lo que acababa de pasar.
Entonces giró hacia Leonardo.
—No tenías que hacer eso.
Él la observó durante un instante.
—Sí tenía.
La respuesta fue tan simple que la dejó sin palabras.
Y por primera vez en mucho tiempo, Camila sintió que el hombre sentado a su lado no era exactamente la persona que ella creía conocer.
Tal vez seguía siendo frío.
Tal vez seguía siendo orgulloso.
Tal vez seguía siendo desesperantemente complicado.
Pero poco a poco comenzaba a descubrir que también existían partes de él que nadie parecía ver.
Ni siquiera él mismo.