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17: El nombre que regresó del pasado

Camila no logró concentrarse en nada durante el resto del día.

Después de salir de la cafetería, guardó cuidadosamente las copias de las fotografías que Leonardo le había entregado y regresó a su apartamento con una sensación extraña instalada en el pecho. Durante años había vivido con preguntas sin respuesta sobre su pasado, pero aquellas preguntas siempre habían parecido lejanas, casi imposibles de resolver. Ahora era diferente. Por primera vez tenía pistas reales. Pequeñas, confusas y probablemente insuficientes, pero reales. Existían nombres, fotografías y documentos. Existían personas que habían conocido a su madre y que claramente ocultaban algo. Y cuanto más pensaba en ello, más convencida estaba de que Alejandro llevaba mucho tiempo preparándose para una conversación que aún no se atrevía a tener.

Sentada frente a la mesa de su cocina, extendió las fotografías una junto a otra. Observó el rostro de Valeria durante largos minutos. Había heredado muchas cosas de ella. El cabello oscuro. La forma de los ojos. Incluso aquella sonrisa suave que aparecía en las pocas imágenes que conservaba. Sin embargo, era la fotografía donde aparecía el hombre desconocido la que seguía llamando su atención. Había algo en aquella imagen que no lograba explicar. No era simplemente curiosidad. Era una sensación más profunda, como si una parte de ella reconociera algo que su mente todavía no alcanzaba a comprender.

Terminó quedándose dormida sobre la mesa, rodeada de fotografías y pensamientos que no la dejaban descansar.

A la mañana siguiente fue despertada por el sonido insistente de su teléfono.

Todavía medio dormida, buscó el aparato entre los papeles y respondió sin mirar la pantalla.

—¿Sí?

—Necesito verte.

La voz de Alejandro fue suficiente para hacerla incorporarse de inmediato.

Durante unos segundos guardó silencio.

No estaba segura de querer hablar con él.

Seguía enfadada.

Seguía dolida.

Y sobre todo seguía cansada de sus secretos.

—¿Para qué?

La pregunta sonó más fría de lo que pretendía.

Al otro lado de la línea hubo una pausa.

—Porque tenemos que hablar.

Camila estuvo a punto de reír.

Aquella frase parecía perseguirla últimamente.

Todo el mundo quería hablar.

Nadie quería explicar nada.

—Si es para volver a decirme que todavía no puedes contarme la verdad, prefiero ahorrarme el viaje.

La sinceridad de sus palabras provocó otro silencio.

Uno más largo.

Más pesado.

—Entiendo que estés molesta.

—No estoy molesta, Alejandro. Estoy cansada.

Y era verdad.

Cansada de sentir que todos tomaban decisiones sobre su vida sin preguntarle.

Cansada de escuchar medias respuestas.

Cansada de vivir rodeada de secretos.

Por primera vez en mucho tiempo, dejó que él escuchara toda esa frustración.

No levantó la voz.

No gritó.

Simplemente habló.

Y cuando terminó, el silencio que siguió fue tan largo que llegó a preguntarse si la llamada se había cortado.

—Lo siento.

Aquellas dos palabras la sorprendieron.

Porque Alejandro Montenegro no era un hombre que pidiera disculpas con facilidad.

—No quería hacerte daño.

Camila cerró los ojos.

Aquello hizo que la situación fuera aún más complicada.

Porque nunca había dudado de sus intenciones.

Podía estar enfadada con él.

Podía sentirse traicionada.

Pero en el fondo sabía que Alejandro creía estar haciendo lo correcto.

El problema era precisamente ese.

Que estaba tan convencido de protegerla que no veía el daño que estaba causando.

Finalmente aceptó reunirse con él.

El encuentro tuvo lugar en una pequeña cafetería lejos de la zona empresarial que Alejandro solía frecuentar. Cuando Camila llegó, él ya estaba sentado en una mesa apartada. Por primera vez desde que lo conocía parecía verdaderamente agotado. Había sombras bajo sus ojos y una expresión de preocupación que no parecía haber desaparecido en días.

Durante algunos minutos hablaron de cosas sin importancia. Del trabajo de Camila. De una próxima exposición artística. Del clima. Temas superficiales que ninguno de los dos parecía realmente interesado en discutir. Finalmente fue Alejandro quien rompió aquella falsa normalidad.

—¿Has estado investigando?

La pregunta fue tan directa que Camila no vio sentido en mentir.

—Sí.

Alejandro asintió lentamente.

Como si hubiera esperado exactamente esa respuesta.

—¿Encontraste algo?

Ella lo observó durante unos segundos antes de responder.

—Encontré más preguntas.

Una sonrisa cansada apareció en el rostro del hombre.

—Eso suele pasar cuando uno busca respuestas.

—También encontré un nombre.

La sonrisa desapareció.

Por completo.

Camila lo vio.

Lo vio antes incluso de terminar la frase.

Y aquello confirmó todas sus sospechas.

—Sebastián Durán.

El cambio fue inmediato.

Por primera vez desde que comenzó la conversación, Alejandro pareció perder el control de sus emociones.

Solo durante un instante.

Pero fue suficiente.

Porque Camila lo notó.

Y porque él supo que ella lo había notado.

—¿Dónde escuchaste ese nombre?

La pregunta salió demasiado rápido.

Demasiado tensa.

Demasiado preocupada.

Y eso convirtió aquel nombre en algo mucho más importante.

—Entonces sí lo conocías.

Alejandro apartó la mirada hacia la ventana.

El movimiento fue pequeño.

Pero revelador.

—Lo conocí hace muchos años.

—¿Era amigo de mi madre?

El hombre permaneció en silencio.

Y aquella ausencia de respuesta fue más elocuente que cualquier explicación.

El corazón de Camila comenzó a acelerarse.

Porque estaba empezando a unir piezas.

Piezas que todavía no formaban una imagen completa.

Pero que parecían dirigirse todas hacia el mismo lugar.

—Alejandro...

Su voz fue apenas un susurro.

—¿Quién era Sebastián Durán?

El empresario cerró los ojos durante unos segundos.

Como si estuviera reuniendo fuerzas.

Como si responder aquella pregunta le costara más de lo que debería.

Cuando finalmente volvió a abrirlos, parecía haber envejecido varios años.

—Era un hombre que cometió muchos errores.

La respuesta hizo que Camila apretara los labios.

Otra media verdad.

Otra respuesta incompleta.

Sin embargo, antes de que pudiera protestar, Alejandro continuó hablando.

—Y también era alguien que amó profundamente a tu madre.

El mundo pareció detenerse.

Solo por un instante.

Pero fue suficiente.

Porque aquella frase cambió todo.

Y mientras observaba el rostro de Alejandro, Camila comprendió algo.

Sebastián Durán no era un nombre cualquiera.

No era un simple amigo.

No era una persona irrelevante del pasado.

Era alguien mucho más importante.

Alguien cuya historia todavía permanecía enterrada.

Y por la expresión que acababa de ver en los ojos de Alejandro, también era alguien que estaba directamente relacionado con ella.

Aunque ninguno de los dos estuviera preparado todavía para pronunciar la verdad completa.

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