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11. La propuesta que nadie esperaba

Aquella tarde, por primera vez desde que comenzó todo, Camila regresó a su apartamento con una idea clara en la cabeza.

Iba a rechazar el matrimonio.

No sabía exactamente cómo.

Tampoco estaba segura de cuáles serían las consecuencias.

Pero mientras caminaba por las calles de la ciudad, algo dentro de ella comenzó a rebelarse contra toda aquella situación.

Porque cuanto más lo pensaba, más absurdo le parecía.

Nadie le había preguntado qué quería.

Alejandro había tomado una decisión.

Leonardo había reaccionado como si ella fuera la culpable.

Andrea había ido a amenazarla.

Y en medio de todo aquello, nadie parecía recordar que ella también tenía derecho a elegir.

Aquello la enfurecía más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Al llegar al edificio, subió las escaleras lentamente.

Cuando abrió la puerta de su apartamento, fue recibida por el mismo aroma a pintura y café que tanto le gustaba.

Normalmente aquel lugar conseguía tranquilizarla.

Sin embargo, aquella tarde apenas dejó el bolso sobre la mesa cuando alguien llamó a la puerta.

Camila frunció el ceño.

No esperaba visitas.

Mucho menos después del día que había tenido.

Se acercó y abrió.

Lo que encontró al otro lado la dejó inmóvil.

Leonardo.

Por un instante ambos se quedaron observándose.

Ninguno parecía especialmente feliz de estar allí.

Y aquello resultaba evidente.

Leonardo llevaba las mangas de la camisa remangadas y el cabello ligeramente desordenado, como si hubiera pasado varias horas frustrándose con algo.

O con alguien.

Probablemente con su padre.

Camila tardó varios segundos en reaccionar.

—¿Qué haces aquí?

—Necesitamos hablar.

Aquella respuesta no le gustó.

Ni un poco.

—¿Y cómo encontraste mi dirección?

Leonardo arqueó una ceja.

—La conozco desde hace años.

La respuesta la sorprendió más de lo que debería.

Porque era cierto.

Él había estado allí un par de veces cuando Alejandro la visitaba.

Sin embargo, por alguna razón siempre había asumido que no recordaría algo tan simple.

—¿Puedo pasar?

Camila dudó.

Sinceramente, la respuesta correcta era no.

Después de todo lo que había ocurrido, lo último que necesitaba era una conversación incómoda con Leonardo Montenegro.

Sin embargo, también sabía que si no hablaban ahora, terminarían haciéndolo tarde o temprano.

Y prefería acabar con aquello de una vez.

Finalmente se hizo a un lado.

—Cinco minutos.

Leonardo entró.

Su mirada recorrió el apartamento con calma.

No era la primera vez que estaba allí.

Pero sí la primera vez que realmente parecía observarlo.

Los cuadros apoyados contra las paredes.

Los pinceles.

Las plantas.

Las estanterías llenas de libros.

Las fotografías antiguas.

Todo hablaba de Camila.

De una forma que jamás había notado.

—¿Qué quieres?

La pregunta hizo que volviera a concentrarse en ella.

Durante unos segundos ninguno habló.

Y aquella situación comenzó a resultar incómoda.

—Vine porque necesitamos resolver esto.

Camila cruzó los brazos.

—Perfecto. Yo también quería hacerlo.

Algo en su tono pareció llamar la atención de Leonardo.

—¿Sí?

—Sí.

Ella respiró profundamente.

Y decidió ir directo al punto.

—Voy a rechazar el matrimonio.

El silencio fue inmediato.

Completo.

Leonardo parpadeó una vez.

Luego otra.

Como si no estuviera seguro de haber escuchado bien.

—¿Qué?

—Voy a decirle que no a Alejandro.

Por primera vez desde que había llegado, Leonardo pareció genuinamente sorprendido.

Y aquella reacción provocó una pequeña satisfacción en Camila.

Porque estaba cansada de que todos asumieran cosas sobre ella.

—Pensé que eso era lo que querías.

Él tardó unos segundos en responder.

—Lo es.

—Perfecto.

—Entonces estamos de acuerdo.

—Exactamente.

Ninguno habló durante unos segundos.

Y cuanto más se prolongaba el silencio, más extraño se volvía.

Porque aquello debería haber sido una buena noticia.

Debería haber solucionado gran parte del problema.

Entonces, ¿por qué Leonardo parecía tan confundido?

Finalmente él caminó hacia una de las ventanas.

—No va a funcionar.

Camila frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Leonardo permaneció de espaldas.

—Mi padre no aceptará un no.

—No puede obligarnos.

—No conoces a mi padre cuando toma una decisión.

Aquello hizo que Camila soltara una pequeña risa irónica.

—Creo que lo conozco mejor que tú.

Leonardo giró lentamente.

Y durante un segundo pareció a punto de responder algo.

Pero cambió de opinión.

—No es tan sencillo.

—Claro que lo es.

—No.

La firmeza de su voz llamó la atención de Camila.

Porque era la primera vez que parecía realmente preocupado.

No enfadado.

No arrogante.

Preocupado.

—Hay cosas en juego.

—¿Como qué?

Leonardo guardó silencio.

Aquello fue suficiente.

Camila comprendió inmediatamente que había algo más.

Algo que nadie le había contado.

Otra vez.

—¿Qué me estás ocultando?

Él apretó la mandíbula.

—Nada.

—Leonardo.

—No importa.

—Si importa.

La tensión comenzó a crecer entre ellos.

Y por primera vez desde que llegó, Camila sintió que aquella conversación se estaba acercando a algo importante.

Algo que ninguno de los dos esperaba.

Finalmente Leonardo soltó un largo suspiro.

—Si me niego a casarme contigo...

Se interrumpió.

Como si le costara pronunciar las siguientes palabras.

—Mi padre puede quitarme todo.

Camila lo observó sin entender.

—¿Todo?

—La empresa.

Ella abrió los ojos.

—¿Qué?

—Mi puesto, mi herencia mi participación accionaria, ttodo.

Camila sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Porque aquello cambiaba las cosas.

Mucho.

Y por primera vez comprendió que Alejandro no estaba haciendo una simple sugerencia.

Estaba imponiendo una condición.

Una condición que podía destruir el futuro de Leonardo.

—Eso es una locura.

—Lo sé.

—No puede hacer eso.

Leonardo soltó una risa amarga.

—Créeme. Puede.

El silencio volvió a instalarse entre ambos.

Y mientras observaba al hombre que tenía delante, Camila descubrió algo inesperado.

Por primera vez desde que comenzó todo, Leonardo no parecía el heredero seguro de sí mismo que todos conocían.

Parecía simplemente un hombre atrapado.

Tan atrapado como ella.

Y por extraño que fuera...

Aquello despertó una pequeña chispa de compasión dentro de ella.

Una chispa que ninguno de los dos imaginaba que terminaría complicándolo todo aún más.

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