El golpe en la puerta fue brutal, como si alguien hubiese embestido con todo su peso. El marco crujió, y la cerradura se sacudió con violencia.
Alexander se giró lentamente hacia el vecino, su “espía”, y le hizo un leve gesto con la cabeza.
—No lo dejes entrar.
El hombre asintió y se plantó frente a la entrada como una muralla humana, mientras Valeria contenía la respiración, con la esperanza latiéndole en las venas.
—¡Valeria! —la voz de Gabriel volvió a retumbar, más desesperada—. ¡Resiste, y