Hoy regresábamos a nuestra casa y la verdad es que sentía mucha angustia por lo que pudiera pasar.
—Santiago, necesito pedirte un favor.
—Sí, dime.
—Nadie se puede enterar en la universidad ni en el trabajo de que soy tu esposa —veo que su cara se pone seria.
—¿Por qué no?
—Por Dios, Santiago, eres mi profesor. Este matrimonio se acabará en seis meses, no vale la pena decírselo a todo el mundo.
—Está bien, pero se lo diremos a mis padres. —Joder, esto no me gusta, pero debo aceptar.
—Ok, se lo d