No lo podía creer, todo esto tiene que ser una pesadilla. No me pude haber casado con mi profesor y jefe a la vez.
—Esto está mal —me muevo de un lado al otro mientras Santiago está sentado en la cama sin decir nada—. ¡Joder, Santiago, di algo! —digo desesperada porque el idiota no dice nada.
—¿Qué quieres que te diga? Estamos casados.
—No, Dios, ¿hay algo que se pueda hacer? —él niega.
—Tenemos que esperar seis meses para poder divorciarnos.
—¿Y si vamos donde el juez y decimos que todo fue un