Le he rogado toda la m*****a noche a Santiago para que deje venir a su madre a casa. Sé que ahora se está debatiendo si dejarla entrar o no, pero debe dejar su enojo a un lado. Es su madre, debe perdonarla.
—Mía, por Dios, estuviste toda la noche pidiendo lo mismo. Ya no insistas —dice Santiago, visiblemente enojado.
—¿Por qué no puedes complacerme en eso?
—Sabes que te complazco en todo, pero eso ya es diferente, Mía. Solo los estoy protegiendo.
—Hablas como si tu madre fuera un peligro para