La noche era densa, y el aire en el cementerio se sentía más pesado de lo habitual. Las sombras de los cipreses se alargaban entre las lápidas, y el crujido de las hojas secas bajo los zapatos era el único sonido que rompía el silencio. Andrés y Ricardo estaban allí, frente a la tumba de Camila, decididos a comprobar con sus propios ojos si sus sospechas eran ciertas.
El sepulturero, un hombre mayor y reservado, los observaba con atención mientras retiraba cuidadosamente la losa de mármol. Andr