Alejandro finalmente la soltó, aunque su mirada seguía fija en ella, llena de determinación.
—Eres mi propiedad desde el día que firmaste ese contrato. Espero que lo entiendas, Camila.
Camila se liberó bruscamente, el corazón latiéndole con fuerza mientras lo miraba con una mezcla de furia y decepción.
—No soy tu propiedad, Alejandro. Nunca lo seré.
Sin esperar respuesta, salió del cuarto apresuradamente. Bajó las escaleras, sus pasos resonando en el silencio de la casa. Al llegar a la cocina,