Camila salió del estudio, sintiendo la necesidad de alejarse de Alejandro y del peso de la conversación que acababa de tener. Caminó hacia el jardín, donde la brisa nocturna la acarició suavemente, buscando algo de calma en el silencio del lugar.
Su madre, preocupada, la vio alejarse y decidió seguirla. Al llegar junto a ella, le preguntó con voz suave, casi temerosa:
—¿Hija, estás bien?
Camila se giró y le dio una sonrisa forzada, intentando tranquilizarla.
—Sí, mamá, estoy bien... solo un poc