El reloj marcaba las siete de la mañana y el tenue sol de primavera se filtraba por la ventana de la habitación, acariciando con delicadeza el rostro de Camila. La habitación del hospital olía a desinfectante, pero también a tranquilidad. Camila tenía los ojos abiertos desde hacía varios minutos, observando en silencio el techo blanco, intentando ordenar las emociones que se amontonaban dentro de ella.
La enfermera entró sin hacer ruido, llevando un carrito con los instrumentos necesarios para