La tenue luz del amanecer comenzaba a colarse por la ventana de la habitación del hospital. Alejandro, todavía vestido con la ropa del día anterior, dormitaba en un incómodo sofá al lado de la cama. Sus ojos estaban hinchados por el cansancio y la preocupación, pero aún así, no se había separado de Irma ni por un segundo.
Se quitó un poco al sentir la rigidez del sillón, y al mirar su reloj, notó que ya eran las seis de la mañana. Se incorporó lentamente, frotándose el rostro, justo cuando la p