Ambos salen de la notaría y se dirigen a sus coches; Ricardo, con una sonrisa de satisfacción, abre la puerta del coche para Camila, quien, aunque aún un poco atónita, entra sin decir una palabra. Alejandro, por su parte, se sube al coche y enciende el motor con una mirada seria. La ciudad parece un poco más gris en ese momento para Camila, como si todo estuviera ocurriendo muy rápido.
—¿Nos dirigimos al club? —pregunta Ricardo.
—Si vayamos al club —dice Alejandro muy serio.
Ricardo se despide