El reloj marcaba las seis con quince de la tarde cuando Alejandro Ferrer apagó su computadora, se levantó de su escritorio y tomó su chaqueta del perchero. Su teléfono vibró con una notificación, pero no la revisó. Lo deslizó en el bolsillo interior de su saco y caminó con paso firme hacia la puerta. Su secretaria lo vio acercarse y se puso de pie rápidamente.
—¿Se retira, señor Ferrer? —preguntó con una leve sonrisa profesional.
—Sí, Ana. No regreso por hoy. Que tengas buena tarde.
—Igualmente