La habitación estaba envuelta en un silencio apacible, solo perturbado por el suave pitido del monitor que registraba los latidos del corazón de Irma. La luz tenue de la lámpara de la esquina dibujaba sombras suaves en las paredes, envolviendo el ambiente en una atmósfera íntima, casi sagrada.
Sandra empujó la puerta con cuidado, como temiendo despertarla. Cuando sus ojos encontraron el frágil cuerpo de Irma sobre la cama, sintió un nudo en la garganta. Estaba dormida, con el rostro ligeramente