Las luces blancas del hospital parecían más frías que nunca. El silencio en el pasillo era espeso, interrumpido solo por el vaivén de las enfermeras o el pitido lejano de alguna máquina. Alejandro estaba sentado en una de las sillas del corredor, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza gacha, mirando el suelo como si buscara respuestas entre las baldosas. A su lado, Sandra se mantenía en pie, de brazos cruzados, la mirada fija en la puerta por la que Irma había desaparecido horas atr