La noche seguía envolviendo la casa en un silencio cálido y reconfortante. Afuera, la brisa movía las copas de los árboles, y el murmullo del viento parecía una canción lejana. Dentro, las luces suaves creaban un ambiente acogedor, casi mágico.
Sandra y Andrés, tomados de la mano, subieron las escaleras sonriendo tímidamente. El contacto de sus dedos entrelazados les provocaba pequeñas descargas eléctricas, como si ese simple gesto los conectara de nuevo con algo que habían perdido hace tiempo.