El amanecer era frío y silencioso en la pequeña casa de los Morales. Un viento suave rozaba las ventanas, y la luz tenue de la sala apenas iluminaba el rostro angustiado de Marta. Había pasado horas caminando de un lado a otro, sin saber qué hacer, esperando noticias, algo que la sacara de esa pesadilla que parecía no tener fin.
De pronto, un golpe en la puerta la hizo dar un brinco. Su corazón se aceleró y, por un segundo, el miedo la paralizó. Caminó lentamente hacia la entrada, con las manos