Adrien caminaba de un lado a otro en el pasillo del hospital, con el ceño fruncido y las manos crispadas en los bolsillos de su chaqueta. Su corazón latía con fuerza, como si presintiera que algo estaba a punto de salirse de control. Miraba con nerviosismo a su alrededor, observando a las enfermeras que iban y venían, a los pacientes en camillas y a los familiares que esperaban noticias. Pero él solo estaba atento a una cosa: a la habitación de Camila.
Sabía que el tiempo se estaba agotando. Lo