El sonido de unos pasos resonó en el pasillo frío y silencioso de la estación. Alejandro estaba sentado en el borde de la litera de su celda, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada clavada en el suelo. Sus pensamientos iban y venían, como un torbellino de dudas y sospechas.
De pronto, el sonido metálico de unas llaves girando en la cerradura lo sacó de su ensimismamiento.
—¡Alejandro Ferrer! —llamó una voz firme.
Alejandro levantó la cabeza lentamente y se encontró con la mirada ine