El oficial a cargo estaba en su despacho, un espacio pequeño con apenas un escritorio desordenado, un par de sillas gastadas y una lámpara de luz tenue que iluminaba apenas los documentos apilados frente a él. Sus dedos tamborileaban contra la madera del escritorio, su mente enredada en una batalla interna.
Desde afuera, los gritos de Andrés aún resonaban en la estación. Sabía que la tensión estaba aumentando y que, si seguía reteniendo a Alejandro sin justificación, pronto habría problemas más