La noche era fría y el cielo estaba cubierto por un manto oscuro que apenas dejaba pasar la luz de la luna. Andrés conducía con el ceño fruncido, su mandíbula tensa y las manos firmemente sujetas al volante. A su lado, Carlos respiraba profundamente, tratando de calmarse, pero era evidente que la situación lo afectaba más de lo que quería admitir.
El trayecto hacia la delegación se hizo eterno. El tráfico nocturno parecía ralentizar cada minuto, y cada semáforo en rojo solo aumentaba la frustra