Andrés y su tío Carlos salieron del hospital con paso apresurado. El aire de la noche estaba cargado de incertidumbre y preocupación. Las luces parpadeantes de los postes de la calle iluminaban tenuemente el estacionamiento mientras buscaban su auto.
Al encontrarlo, Andrés desbloqueó las puertas y ambos se subieron. Apenas se acomodaron, el sonido del teléfono rompió el silencio del auto. Andrés sacó el móvil del bolsillo de su chaqueta y miró la pantalla. Era el abogado.
Sin pensarlo dos veces