Ya está todo listo.
Adrien conducía con el ceño fruncido, su mandíbula tensa mientras su mente trabajaba a toda velocidad. Todo estaba sucediendo demasiado rápido, y cada segundo que pasaba lo acercaba más a un punto de no retorno.
De repente, su teléfono sonó.
El nombre de Álvaro Gutiérrez apareció en la pantalla. Adrien apretó los dientes antes de contestar.
—¿Qué pasa ahora? —su tono era seco, impaciente.
—Tranquilo, muchacho —respondió Álvaro con su tono calmado y calculador—. Solo quiero a