Camila acomodaba sus maletas con movimientos lentos, como si cada prenda que doblaba y guardaba fuera un peso más sobre su corazón. Sentía la opresión en el pecho, la angustia de estar tomando una decisión que, aunque parecía correcta, la hacía dudar. De pronto, la puerta de la habitación se abrió y Adrien entró ajustándose el saco. Se detuvo en el umbral y la observó por un instante antes de decir con voz calmada:
—Voy a la oficina a dejar todo listo. Dejaré a mi chofer para que te lleve a la