Cuando los Méndez salieron de la sala, sus rostros serios mantuvieron la tensión en el aire. Uno de ellos, el mayor, se aclaró la garganta y dijo con voz firme:
—Pueden entrar.
Adrien y Camila se miraron por un instante antes de volver a la sala. Sus pasos resonaban en el elegante piso de madera mientras se sentaban nuevamente en sus respectivos lugares.
Todos los presentes se miraron unos a otros, como si esperaran que alguien rompiera el silencio. Finalmente, el mayor de los Méndez habló con