Habían pasado algunos meses desde que la paz regresó definitivamente a la familia Villarreal.
El día más esperado por todos finalmente había llegado.
Miranda entró en labor de parto durante la madrugada y Alejandro no se separó de ella ni un solo instante. Sostuvo su mano, secó sus lágrimas y le recordó una y otra vez cuánto la amaba.
Después de varias horas de esfuerzo, el llanto de un bebé llenó la sala de partos.
El médico sonrió.
—¡Felicidades! Es una hermosa y sana niña.
Alejand