Mundo ficciónIniciar sesiónMiranda respiró profundamente antes de salir del baño. Intentó calmarse mientras caminaba de regreso a su puesto de trabajo, aunque el miedo seguía oprimiéndole el pecho.
No se atrevía a mirar hacia la oficina de Alejandro Villarreal. Estaba aterrada de que él hubiera descubierto la verdad. Con nerviosismo, tomó unas toallas húmedas y comenzó a limpiarse el perfume del cuello y las muñecas, intentando borrar cualquier rastro de aquel aroma que casi la había delatado. Pero apenas terminó, el teléfono de su escritorio sonó. Miranda dio un pequeño sobresalto antes de contestar. —Venga a mi oficina ahora mismo —ordenó Alejandro con voz seria antes de colgar. Ella tragó saliva con dificultad. Sintiendo la angustia crecer dentro de ella, caminó lentamente hasta la oficina principal. Tocó la puerta suavemente antes de entrar. —Disculpe, señor Villarreal… no me sentía muy bien —dijo, intentando justificarse por haber salido tan apresuradamente. Alejandro permaneció sentado detrás de su escritorio, observándola fijamente. Su mirada intensa hizo que Miranda se sintiera aún más nerviosa. —¿Está segura de que solo se siente mal? —preguntó él con calma. Miranda asintió rápidamente. —Sí, señor… solo fue un pequeño mareo. Alejandro se levantó lentamente de la silla y caminó hacia ella. Miranda sintió cómo su corazón comenzaba a latir con fuerza al verlo acercarse. Él se detuvo a pocos centímetros de distancia. —Es extraño… —murmuró mientras la observaba detenidamente—. Cada vez que estoy cerca de usted, siento que intento recordar algo. Miranda bajó la mirada, intentando ocultar el nerviosismo reflejado en su rostro. —Creo que está confundido, señor Villarreal. Alejandro guardó silencio durante unos segundos. Aunque el perfume ya casi no se percibía, había algo en ella que seguía despertando recuerdos imposibles de ignorar. Su voz… Sus ojos… La manera en que evitaba mirarlo. Todo le resultaba demasiado familiar. Alejandro aceptó las excusas de Miranda, aunque en el fondo no le creía del todo. Sin embargo, decidió dejar las cosas así para no presionarla ni asustarla más. Se alejó unos pasos y volvió a tomar asiento detrás de su escritorio. —Si se siente mal, puede irse temprano hoy —dijo con tono tranquilo. Miranda lo miró sorprendida por la amabilidad en su voz. —Gracias, señor Villarreal, pero voy a terminar mi trabajo. Siempre cumplo con mis responsabilidades. Solo saldré un momento a comprar una pastilla. Alejandro asintió lentamente sin dejar de observarla. —Está bien… pero no se sobreexija. Miranda tomó aire discretamente, intentando mantener la calma. —Con permiso, señor. Salió de la oficina sintiendo la mirada de Alejandro clavada en su espalda. Apenas cerró la puerta, llevó una mano al pecho, intentando controlar los nervios. Mientras tanto, Alejandro permaneció pensativo en su oficina. Había decidido no insistir más por el momento, pero cada reacción de Miranda aumentaba sus sospechas. Era evidente que ella ocultaba algo. Y lo que más le inquietaba era la forma en que su presencia lograba descontrolarlo sin siquiera intentarlo. Por primera vez en mucho tiempo, Alejandro Villarreal sentía que estaba perdiendo el control de sus propios pensamientos. Al terminar la jornada laboral, Miranda recogió sus cosas y organizó cuidadosamente todos los documentos, dejando todo listo para el día siguiente. El cansancio del día comenzaba a pesarle, así que tomó su bolso y salió de la empresa con la intención de tomar un taxi para regresar a casa. Se quedó esperando en la acera mientras observaba el movimiento de la ciudad. Segundos después, un lujoso automóvil negro se detuvo frente a ella. El vidrio del conductor descendió lentamente, dejando ver a Alejandro Villarreal. —¿Aún sigue esperando taxi? —preguntó con tranquilidad. Miranda sintió cómo los nervios regresaban de inmediato. —Sí, señor… ya debe estar por llegar —respondió, intentando sonar natural. Alejandro apagó el motor y bajó del vehículo. Caminó lentamente hacia ella, manteniendo esa mirada intensa que lograba ponerla nerviosa. —Puedo llevarla a su casa —dijo con amabilidad—. Ya es tarde y no me gusta que mis empleados regresen solos a estas horas. Miranda apretó con fuerza el bolso entre sus manos. —No se preocupe, señor Villarreal. Estoy esperando un taxi. Alejandro la observó durante unos segundos antes de responder: —Miranda… no era una pregunta. El tono firme de su voz hizo que ella levantara lentamente la mirada. —Suba al auto. La llevaré. Dentro del lujoso automóvil, la tensión podía cortarse con un cuchillo. El silencio entre ambos resultaba incómodo, mientras Alejandro conducía sin apartar la vista de la carretera. Después de unos minutos, rompió el silencio. —¿Dónde vive? Miranda acomodó nerviosamente su bolso sobre las piernas antes de responder: —Por la Avenida Central, en la torre B. Es un vecindario económico… Su voz sonó ligeramente avergonzada, pero Alejandro no le dio importancia. Él sabía perfectamente lo que era venir desde abajo y luchar para salir adelante. El auto finalmente se detuvo frente al edificio. Antes de que Miranda pudiera reaccionar, Alejandro bajó del vehículo y le abrió la puerta con elegancia. —Gracias por traerme, señor Villarreal —dijo ella al bajar. —No fue ninguna molestia —respondió él sin dejar de observarla. Miranda dudó unos segundos antes de volver a hablar. —Si quiere… puede entrar a tomar algo. Es mi manera de agradecerle. Alejandro levantó ligeramente las cejas, sorprendido por la invitación. Pero, antes de que pudiera responder, la puerta del edificio se abrió de golpe. —¡Mamá, mamá! ¡Llegaste! —gritó un pequeño niño mientras corría hacia Miranda. Thiago se lanzó a abrazarla con emoción. Alejandro observó al pequeño en silencio. El niño levantó la mirada y sonrió inocentemente. —Hola, me llamo Thiago. Tengo cuatro años. Miranda acarició suavemente el cabello de su hijo. —Thiago, saluda bien. Alejandro sonrió de manera natural, algo poco común en él. —Hola, Thiago. Soy Alejandro. Siempre había deseado tener un hijo. Por un instante, ver aquella escena sencilla y familiar despertó algo extraño dentro de él. Entonces, su mirada se detuvo en un detalle que hizo que su expresión cambiara por completo. Thiago llevaba en las manos un antifaz negro de encaje Exactamente igual al de aquella noche. Alejandro quedó mirándolo fijamente mientras una fuerte sospecha cruzaba por su mente. ¿Sería ella… la mujer del club? En ese momento, Candy salió rápidamente del apartamento y, al notar el antifaz en manos del niño, se apresuró a quitárselo con una sonrisa nerviosa. —Eso es mío, Thiago —dijo, intentando actuar con naturalidad. Pero Alejandro no apartó la mirada de Miranda ni un solo segundo.






