Me encerré en la habitación por días. Literalmente días.
Las quemaduras seguían ardiendo, los moretones pulsaban, cada movimiento era un recordatorio perfecto del infierno en el que Melanie había vivido… y en el que yo estaba atrapada ahora.
No abría la puerta a nadie.
No respondía cuando golpeaban.
No permitía que Rebeca entrara con su falsa compasión.
Ni que Martín fingiera autoridad.
Pero ellos tampoco se preocupaban por alimentarme. Cada vez que pedía comida, nadie contestaba. Nadie subía nada.
Así que aprendí rápido:
Bajaba a escondidas de madrugada. Comía lo que encontraba. Subía un poco a la habitación. Me encerraba otra vez.
Tenía que pensar.
Tenía que unir todo.
Tenía que encontrar la forma de liberar a mi hermana…de vengarla… y de destruir al infeliz que la enterró en este infierno.
Una noche, cuando el hambre me obligó a salir, bajé las escaleras con el cuerpo todavía débil, cada paso un pinchazo en mis costillas.
Y entonces lo escuché. Risas.
Una risa profunda, masculi