La hora del almuerzo llegó.
La casa estaba lista, el jardín perfecto, las mesas bien puestas, las rosas en su lugar, la vajilla reluciente y los niños vestidos sin una sola arruga. No era solo un almuerzo; era algo importante y según lo que Santiago me contó mientras revisábamos detalles en la cocina, Rebeca iba a hacerme un favor sin saberlo.
Solo tenía que dejar que todo siguiera su camino.
Ya vestida, con el collar de perlas puesto y el vestido que Martín había escogido, bajé
Martín estaba