La hora del almuerzo llegó.
La casa estaba lista, el jardín perfecto, las mesas bien puestas, las rosas en su lugar, la vajilla reluciente y los niños vestidos sin una sola arruga. No era solo un almuerzo; era algo importante y según lo que Santiago me contó mientras revisábamos detalles en la cocina, Rebeca iba a hacerme un favor sin saberlo.
Solo tenía que dejar que todo siguiera su camino.
Ya vestida, con el collar de perlas puesto y el vestido que Martín había escogido, bajé
Martín estaba en la sala y, al verme, se quedó un instante sin decir nada…
—Estás…. hermosa —soltó—.
Se acercó, me recorrió con la mirada y añadió un par de halagos más
—Anoche ya me tenía claro que ibas a dejar sin aire a medio mundo.
Se me subió el calor a la cara.
—Martín… —murmuré, incómoda.
Él sonrió, divertido, levantó la mano y me tomó del mentón.
—¿Te vas a hacer la tímida ahora? —preguntó.
Se estaba inclinando, a punto de besarme, cuando la voz de Rebeca cortó la escena como un cuchillo.
—Ya estoy li