Mundo ficciónIniciar sesión(Narra Basima)
—¿¡Qué duerma con usted en la misma cama!? —grito, con la voz quebrada por la indignación. —No exageres, Basima. Solo estoy ofreciendo seguridad. Te trataré como un caballero—su tono trata de ser calmado, pero es más amenazante que tranquilizador. —¡Mentiroso traicionero! —mis dedos se aprietan contra la silla—. ¿Cómo puede llamarse caballero alguien que obliga a una mujer a elegir entre la humillación y el miedo? —Caballero o no, no es momento de dramatizar. Tienes opciones. —Da un paso hacia mí, lento, calculado—. Te puedes sentar allí, o aceptar estar compartir la cama conmigo esta noche. —¡Prefiero mil veces mil noches en el fuego del infierno que estar cerca de usted! —grito, dejando que la rabia eclipse cualquier miedo. —Ah, tu valentía me divierte. —arquea una ceja, cruzando los brazos—. Pero dime, ¿de verdad crees que tu orgullo me detiene? —¡No intento detenerlo! —respondo, los hombros temblando de furia—. Solo quiero que sepa que no cederé. ¡Jamás! —No hablo de ceder, Basima. —Su voz se suaviza, intentando sonar razonable—. Hablo de pensar con la cabeza y no con los pies. Puedes confiar en mí. Solo quiero protegerte. —¡Protegerme! —Me río con amargura, dando un paso atrás—. ¿Es protegerme esposarme a los muebles, polvorientos densa habitación, empujarme y obligarme a escoger entre su comodidad y mi dignidad? ¡Eso no es protección, eso es tortura! —Tortura… —replica, inclinando la cabeza, evaluando cada palabra—. No si comprendes que cada acción tiene un propósito. —¡Propósito! —escupo, casi sin aire—. ¡Palabras vacías! ¿Y si mi orgullo me impide moverme? ¿Y Jasman? ¿Quién lo protege si yo me niego? —Exactamente eso quiero que pienses. —Sus ojos brillan afilados, calculadores—. ¿Dejarías a tu sobrino vulnerable por orgullo? —¡No necesito su ayuda! —mi voz tiembla, traicionando mi miedo—. Solo quiero que desaparezca… aunque sea un instante. —Desaparecer no garantiza seguridad. —asu tono firme corta la habitación—. Te doy control dentro de lo que permite la situación. Si decides sufrir por orgullo, sufrirás. —¡Ni pensarlo! —Mi mandíbula se tensa—. Prefiero morir de frío en esa silla. —Ah… —Su voz se suaviza, pero sus ojos no pierden intensidad—. Tu obstinación es admirable, aunque peligrosa. Si crees que tus gritos cambian mi decisión, estás equivocada. —¡No me interesa cambiar su opinión! —replico, golpeando la palma de mi mano contra el brazo de la silla—. Que quede claro: no soy su juguete ni su prisionera voluntaria. Nunca aceptaré su dominio. —Y lo sé. —asiente apenas, mordiendo el labio—. Pero considera esto: si te mantienes en la silla, Jasman queda solo. ¿Sabes que tu sobrino si dormirá a mi lado? ¿Te sentirás bien sin tenerlo al alcance de tu mano? No te estoy dando una opción, sino la posibilidad de asumir tu responsabilidad. —¡Bien! —suspiro, el miedo y la rabia se mezclan en mi interior—. Lo hago por él… no por usted. —Suficiente. —Su tono es un susurro autoritario—. Lo demás, tu orgullo, podemos discutirlo mañana. Buenas noches, Basima —dice con fingida cortesía mientras me guía hacia la cama—. ¡Qué descanses! —No dormiré —susurro, abrazando a Jasman—. No mientras no estemos en casa. —Entonces vigila —responde Leonardo con ironía—. Pero recuerda: esta noche, Jasman está seguro. Eso debería bastar. —No es suficiente —mi voz se quiebra—. Nunca lo será mientras usted esté aquí. —Veremos. —Asiente levemente, aceptando el desafío silencioso—. Veremos, Basima. —¿Así que esta es su forma de proteger? —pregunto, a medida que el miedo y la ira se mezclan—. ¿Amenazarme, forzarme a humillarme, a ceder? —No se trata de amenazas, Basima; sino de estrategia —dice, acercándose un poco más—. Necesito que comprendas lo que está en juego. —¿Comprender? —replico, dando un paso atrás—. Solo comprendo que no puedo confiar en usted. ¡Ni una sola palabra es segura! —La confianza se gana, no se exige. —Sus ojos perforan los míos—. Y esta noche no se trata de ti ni de mí. Se trata de Jasman. —¿Y qué hay de mí? —Mi voz tiembla, el corazón golpea mi pecho—. ¿No importa nada de lo que siento? —Importa lo suficiente para sobrevivir, no para ceder a caprichos. —Su tono es frío, calculador—. Tu sufrimiento emocional es un lujo que no puedes permitirte. —¡No necesito lecciones de moral de usted! —grito, respirando con dificultad—. ¡No me va a enseñar nada! —No pretendo enseñarte, Basima. Solo pongo las reglas. —Da un paso más cerca—. Respétalas, y Jasman estará seguro. Ignóralas, y sufrirás las consecuencias. —¡Maldito! —mi voz se rompe, la ira y el miedo choca contra mi inseguridad—. ¡Siempre imponiendo su voluntad, manipulando todo! —Llamarlo imposición o manipulación depende de tu perspectiva. —Arquea una ceja—. Yo lo llamo eficiencia. —¡Eficiencia a costa de mi dignidad! —escupo cada palabra—. ¿Eso es eficiencia para usted? —Eficiencia significa resultados. —Su tono no cede, no vacila—. Y el resultado esta noche es que Jasman no corre peligro. —¡Pero yo sí! —grito—. ¡Usted me hace sentir insegura, aterrada, atrapada! —La seguridad y la incomodidad a veces van de la mano —responde con calma helada—. La vida rara vez permite decisiones cómodas. —¡Nunca pensé que un hombre pudiera ser tan cruel con palabras y gestos! —Me cubro el rostro un momento—. ¡Cruel y obstinado! —Obstinado y cruel… o cuidadoso y determinado. —Sus labios se curvan apenas en una sonrisa que no llega a sus ojos—. Depende de cómo lo mires. —¡No quiero mirar nada de usted! —grito—. Solo quiero que me deje respirar, que me deje decidir algo por mí misma, aunque sea un mínimo respiro de libertad. —Libertad sin seguridad es un lujo que no puedo permitir. —Sus palabras caen sobre mí como un martillo—. Si quieres libertad, tendrás que negociar, no imponer. —¡No hay negociación posible! —mi voz tiembla de desesperación—. No con usted, nunca con usted. —Siempre hay negociación, Basima —dice, con una calma que me enfurece más que su cercanía—. Solo que esta vez, el precio de tu orgullo es demasiado alto para tu sobrino. —¡Lo hago por Jasman! —susurro, el corazón roto—. Pero usted no va a ganarme. Ni hoy, ni mañana, ni nunca. —Eso está por verse. —Su tono es un desafío disfrazado de susurro—. Puedes resistir, puedes gritar, puedes insultarme… pero mientras lo hagas, recuerda que tu prioridad es su seguridad. —¡Y la mía! —escapo con fuerza—. ¡No soy solo su protectora, también tengo derecho a existir sin miedo! —Existirás, Basima. —Sus ojos se suavizan apenas, pero la tensión sigue—. Pero la noche decidirá hasta dónde tu orgullo te permite protegerlo. —Entonces la noche será larga —respondo, con el pecho ardiendo y los dientes apretados—. Pero no cederé. No mientras tenga aliento. —Ni yo cederé —dice, con una leve inclinación de cabeza—. Así que veremos quién resiste más. —Que comience entonces —mi voz es un susurro cargado de desafío—. Que esta noche me encuentre firme, aunque tiemble de miedo. —Así será, Basima —susurra, como un eco oscuro que llena la habitación—. Así será.






