(Narra Basima)
Cuando salgo de detrás del árbol, el aire fresco de la noche me recibe con un silencio solo interrumpido por el murmullo lejano de la música de los gitanos. Leonardo sostiene a Jasman con firmeza, pero sin rigidez, y su mano se encuentra con la mía de forma natural, casi imperceptible, como si el contacto fuera inevitable.
—Es acá —nos indica José Antonio, caminando unos pasos más adelante. Su despedida es rápida, casi un parpadeo, y en un instante ya desaparece en la oscuridad—