Bajo los candelabros de cristal del salón de baile, todas las miradas se clavaron en mí mientras los susurros se propagaban entre la multitud como ondas.
—¿Esa no es Viviana López? ¿Por qué está con el Don?
—Pensé que estaba haciendo un berrinche.
—Oí que el jefe y Estela han estado peleando por su culpa.
Enderecé la espalda, con expresión impenetrable mientras seguía a Don Román hasta una mesa de esquina. Sus chismes no eran asunto mío.
—Relájate, niña —dijo el señor Román, ofreciéndome una cop