—Gracias por tu preocupación, señor Martín —dije con una leve sonrisa—. Pero no necesito que administres mi vida amorosa.
El rostro de Lorenzo se endureció. —Viviana...
—Se hace tarde. Debo volver a mi habitación. —Lo interrumpí, girando para entrar. Detrás de mí, escuché el sonido del cristal rompiéndose, pero no miré atrás.
Tres días después, estaba de vuelta en Los Ángeles. Con el sol tibio, el aire puro y el suave abrazo de Leo.
—Te extrañé locamente —dijo, abrazándome fuerte en el aeropuert