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[Meivi Villaseñor]
Soy una mujer que creció creyendo que el amor era de las pocas cosas que valían la pena. No por novelas ni por cuentos baratos, sino porque lo vi en casa… o al menos eso pensé durante mucho tiempo. Mi abuela —la única persona que nunca me mintió en la cara— me lo dijo una tarde, con esa calma suya que siempre parecía esconder algo más profundo: —Mija, nunca le entregue sus debilidades a nadie. Ni al hombre que ame. Porque el día que quiera romperla… va a saber exactamente dónde apretar. En ese momento me reí. Pensé que exageraba. Pensé que eso no me iba a pasar a mí. Qué estupidez. Lo viví en carne propia. No fue solo una infidelidad. Eso cualquiera lo supera. Fue la forma. La exposición. La humillación pública. Las mentiras filtradas, los rumores que él mismo alimentó, la manera en la que convirtió lo que yo le confié en munición para destrozarme. A días de la boda. A días de firmar una vida que ahora me da asco solo de recordarla. Ahí entendí que el amor no siempre es bonito. A veces es una trampa bien armada. Desde entonces, cerré esa puerta. Con llave… cerrada con cadenas. Me enfoqué en lo único que sí podía controlar: mi trabajo. Mi nombre. Mi reputación. Y lo logré. A mis treinta años, soy una de las diseñadoras más solicitadas en el medio. No lo digo por ego, lo digo porque me lo gané. Cada desfile, cada colección, cada contrato lo levanté yo, sin depender del apellido que cargo. Porque sí, soy una Villaseñor. La hija mayor del gran magnate del entretenimiento. La que todos creen que lo tiene todo resuelto. La que, según la prensa, vive en una burbuja de lujo y privilegios. Si supieran. Tengo dos hermanos menores, gemelos, que todavía están en esa etapa en la que creen que el mundo es un juego. Y yo… bueno, yo me fui de casa hace Dos años. Me fui porque necesitaba aire. Porque vivir bajo el mismo techo que mi padre es como intentar respirar con alguien apretándote el cuello, pero sonriendo para la foto. Lo amo. Claro que sí. Es mi padre. Pero también es un dolor de cabeza constante. Controlador. Metido. De esos que creen que todo lo que hacen es “por tu bien”, aunque te esté jodiendo la vida en el proceso. Por eso vivo sola. En mi departamento. Lejos. Independiente. Sin pedir permiso, sin dar explicaciones. O al menos eso intento. Porque hay algo que he aprendido, aunque no me guste admitirlo: por más que te alejes, la familia siempre encuentra la forma de meterse donde no la llamaron. Y el destino… bueno, el destino tiene un sentido del humor bastante hp. Porque entre tantas mujeres, entre tantas opciones, entre todo lo que podía salir mal en mi vida… tenía que ser esto. Tenía que pasarme a mí. “Papá”. Fruncí el ceño antes de contestar. No porque me sorprendiera la llamada… sino porque conozco ese instinto. Ese pequeño nudo en el estómago que aparece justo antes de que todo se complique. —¿Sí? —respondí, seca, sin adornos. —Necesito que vengas a casa esta noche. No fue una petición. Fue una orden disfrazada. Solté una risa corta, sin humor. —Estoy trabajando. —Cancela. Ahí está. Ese tono. Ese que detesto. Me recargué contra el respaldo de la silla, mirando el boceto frente a mí sin realmente verlo. —No funciona así, papá. —Hoy sí. Cerré los ojos un segundo, inhalando lento, conteniéndome. —¿Qué pasa? Del otro lado no respondió de inmediato. Y eso… eso sí me puso alerta. —Solo ven, Meivi. Colgué sin despedirme, dejando el celular sobre la mesa mientras una sensación incómoda empezaba a expandirse en mi pecho. No era miedo. No exactamente. ----- Suspiré largo, de esos que salen más por resignación que por cansancio. Por un momento consideré no ir. Esa sensación incómoda, como cuando sabes que te van a decir algo que no quieres escuchar, me estaba taladrando la cabeza. Pero también me conozco… y conozco a mi padre. Si no iba, iba a ser peor. Así que me obligué a dejar de darle vueltas. Salí de mi oficina, pasando entre los maniquíes, telas y bocetos que todavía estaban en proceso. El olor a tela nueva y a café frío seguía impregnando el ambiente. Me acerqué a las chicas que estaban concentradas en una mesa larga, ajustando detalles de uno de los diseños nuevos. —Chicas, me voy a tener que ir antes —les dije con calma. Una de ellas levantó la mirada y me sonrió. —No te preocupes, Meivi. Ya estamos cerrando esto, en un rato lo dejamos listo. Asentí, agradecida. —Cualquier cosa me escriben. No necesitaba decir más. Sabían manejarse, por eso trabajaban conmigo. Tomé mi bolso, apagué las luces de mi oficina y salí del estudio. Afuera, el aire de la tarde en Italia estaba fresco, con ese toque elegante y tranquilo que siempre me había gustado de este lugar. Era una de las pocas cosas que lograban bajarme un poco la guardia. Subí al auto y arranqué. El camino se me hizo más largo de lo normal. No por la distancia, sino por el silencio. No puse música, no hice nada para distraerme. Solo manejé, con la mente dando vueltas en lo mismo… ¿qué tan grave tenía que ser para que mi padre sonara así? Después de un rato largo, finalmente llegué a la residencia. La casa seguía igual de imponente que siempre. Elegante, perfecta… fría, si me preguntaban a mí. Estacioné, apagué el motor y me quedé unos segundos dentro del auto, mirando al frente. Me arreglé el cabello por reflejo, respiré hondo y salí. En cuanto crucé la entrada, la señora Claudia apareció como siempre, puntual. —Señorita Meivi —me saludó con una sonrisa cálida. —Hola, Claudia —respondí devolviéndole el gesto, más suave. Ella siempre había sido un pequeño respiro dentro de esa casa. Entré y el ambiente fue el de siempre: silencioso, ordenado, casi demasiado perfecto. Caminé hasta la sala principal y ahí estaban. Mi madre, sentada en su sillón, concentrada en lo que parecía ser algún tejido. Nunca supe realmente qué hacía. Mi padre estaba en el otro extremo, con el periódico en las manos. Cuando me vio, levantó la mirada. Ahí estuvo. Ese segundo en el que todo se queda suspendido. —Siéntate, Meivi —dijo, dejando el periódico a un lado. Obedecí sin discutir, tomando asiento frente a ellos. Crucé las piernas con naturalidad, manteniendo la postura recta. No estaba a la defensiva… pero tampoco relajada. —¿Cómo estás? —preguntó. Lo miré un segundo. —Bien. —¿Y la empresa? —continuó—. ¿Cómo va todo? —Estable. Hemos cerrado dos contratos importantes esta semana. Asintió, como si estuviera evaluando algo más allá de lo que decía. Silencio. No era incómodo todavía… pero estaba cerca de serlo. Lo miré con un poco más de atención, inclinando apenas la cabeza. —Papá… —dije con calma—. ¿Qué pasa? Él soltó un suspiro, de esos que no son comunes en él. Se quitó los lentes con lentitud, como si necesitara tiempo para ordenar lo que iba a decir. Mi madre dejó de mover las manos por un segundo, aunque no levantó la vista. —Las cosas… no están bien —empezó. Fruncí ligeramente el ceño. —¿A qué te refieres? Se apoyó hacia atrás, observándome fijamente. —Hubo un negocio que no salió como esperábamos. Una inversión grande. Sentí cómo algo se me apretaba en el pecho. —¿Qué tan grande? No respondió de inmediato. —Lo suficiente como para ponernos en una posición… complicada. El silencio volvió, pero esta vez más pesado. Lo miré, procesando. —¿Estás diciendo que la empresa está en problemas? Él sostuvo mi mirada. —Sí. Tragué despacio. No entré en pánico, no era mi estilo… pero eso no significaba que no entendiera la gravedad. —Se puede recuperar —dije, más para ordenar mis ideas que para convencerlo—. Siempre hay formas, reestructuración, alianzas,— —Ya lo intentamos. Me cortó, firme pero sin alzar la voz. Eso me hizo quedarme en silencio. Algo dentro de mí empezó a tensarse más. —Entonces… ¿qué queda? —pregunté. Mi padre intercambió una mirada breve con mi madre. Fue rápido, pero lo noté. Y no me gustó. Para nada. Volvió a mirarme. —Hay una opción. No me moví, pero por dentro algo se encendió. —¿Qué tipo de opción? —Una solución… que viene con una condición. Ahí fue cuando sentí esa punzada clara en el estómago. La misma de antes. Más fuerte. Porque de repente ya no era una sensación vaga. Y no tenía nada que ver con dinero. —¿Qué condición? —pregunté, más despacio esta vez. --------- Mi padre no habló de inmediato. Se tomó su tiempo, como si estuviera acomodando las palabras antes de soltarlas, y ese simple detalle ya me tenía tensa. No era normal en él. Nunca lo era. —La familia Moreau —dijo al fin. Sentí cómo algo dentro de mí se tensaba al instante. No fue sorpresa, fue otra cosa… reconocimiento. Como si mi cuerpo reaccionara antes que mi cabeza. —No —solté, negando con la cabeza sin siquiera dejarlo terminar—. No. Mi padre frunció apenas el ceño. —Escucha primero. —No necesito escuchar nada si tiene que ver con ellos. Mi voz salió firme, sin alzarla, pero con ese filo que ni yo misma intenté suavizar. Ese apellido no era cualquier cosa para mí. No era un simple contacto de negocios. Mi madre dejó el tejido a un lado y me miró por primera vez desde que llegué. —Meivi, por favor. La miré un segundo, respiré hondo, obligándome a no explotar antes de tiempo. —Sigue —dije al final, volviendo a mi padre. Él asintió, serio. —Tu madre y yo hablamos con Laurent Moreau hace unos días. Están dispuestos a intervenir, a cubrir la deuda, a estabilizar la empresa… Cada palabra caía pesada, encajando en algo que ya estaba viendo venir, aunque no quisiera. —¿Y? —pregunté, con la paciencia justa. Hubo una pausa. Demasiado larga. —Quieren una alianza formal entre las familias. Solté una risa corta, seca. —¿Una alianza? ¿Qué somos, una empresa medieval? Mi padre no reaccionó. Ni un gesto. —Un matrimonio. Y ahí se detuvo todo. Me quedé quieta. No por calma… por incredulidad. Como si mi mente se hubiera quedado en blanco un segundo, intentando procesar algo que no encajaba. —¿Un qué? —Un matrimonio —repitió, igual de firme—. Entre tú y su hijo. No pregunté quién. No hacía falta. Sentí cómo se me tensaba la mandíbula antes incluso de decir su nombre. —Damián —murmuré—. Damián Moreau. Mi padre asintió una sola vez, y eso fue suficiente. Me levanté del sofá casi sin darme cuenta, como si quedarme sentada fuera a hacer esto más real. —¿Estás hablando en serio? No grité, pero mi voz salió más baja, más tensa, cargada de algo que apenas estaba empezando a crecer dentro de mí. —Es la única opción viable que tenemos ahora mismo —respondió él con esa calma suya que en momentos como este solo empeora todo. Negué, caminando un par de pasos por la sala, sin saber muy bien qué hacer con la energía que se me estaba acumulando en el cuerpo. —No… no, esto no puede estar pasando. Me pasé una mano por el cabello, intentando ordenar ideas que simplemente no querían acomodarse. —¿Tú quieres que me case con él? —lo miré otra vez—. ¿Con Damián Moreau? ¿Después de todo lo que pasó? Mi padre no desvió la mirada. —Lo que pasó fue hace años. Solté una risa sin humor. —Claro. Fácil decirlo cuando no fuiste tú. Mi madre se levantó despacio. —Hija… —No, mamá —la interrumpí, sin dureza pero sin ceder—. No me digas que piense con la cabeza fría, porque esto no tiene nada de racional. Volví a mirar a mi padre, más firme. —Ese hombre es lo peor que me ha tocado cruzarme en la vida. Es arrogante, insoportable, cree que todo gira a su alrededor… y ni siquiera sabe tratar a las personas como si fueran personas. Y sabía que me estaba quedando corta. —Esto no se trata de si te agrada o no —dijo él. —Claro que sí se trata de eso —respondí al instante—. ¿O qué esperas? ¿Que firme y sonría como si me estuvieran ofreciendo un contrato cualquiera? Mi padre se levantó también, acortando la distancia entre nosotros. —Espero que entiendas la situación. Nos quedamos frente a frente. —La entiendo perfectamente —dije, sosteniéndole la mirada—. Lo que no entiendo es cómo puedes pedirme esto. El silencio que siguió fue pesado, incómodo, definitivo. —No te lo estoy pidiendo, Meivi. Sentí el golpe, seco y directo, pero lo que subió no fue tristeza. Fue rabia. —Claro… —murmuré, bajando la mirada un segundo—. Porque esto nunca fue una opción, ¿verdad? Mi padre no respondió, pero tampoco lo negó. Y eso lo dijo todo. —¿Cuándo? —En dos meses. Dos meses. Solté aire lentamente, intentando asimilarlo, aunque claramente no estaba funcionando.






