Capítulo LXXVIII
Maximiliano
El reloj marca las ocho de la mañana cuando entro al laboratorio, el corazón latiéndome más rápido de lo normal. A pesar de haber dormido unas cuantas horas, mi mente no deja de repasar una y otra vez todo lo que descubrí anoche. Cada pieza encaja, cada dato empuja hacia la misma conclusión… pero necesito pruebas. Necesito la verdad escrita, firmada, sellada.
El olor del laboratorio es una mezcla de desinfectante y café viejo. Hay una recepcionista en un escritorio