Capítulo XXXVIII
Maximiliano
Me dejo caer en la silla, paso la mano sobre el escritorio y mis dedos rozan el borde del documento recién firmado. La tinta aún brilla; la huella de su derrota es reciente.
Sonrío apenas. Todo salió como debía.
Fernando pensó que podía engañarme, que podía quedarse con ella y mirarme después como si nada. Idiota. Firmó sin leer, creyendo que firmaba un papel cualquiera; no supo que estaba escribiendo su caída.
Camino hasta el ventanal. La ciudad sigue moviéndose al