Esa mañana Mikaela se levantó impulsada por una extraña mezcla de adrenalina y terquedad. Mientras el vapor de la ducha empañaba el espejo, se observó: ya no era la chica desmoronada del domingo. Se aplicó el maquillaje con decisión, ocultando cualquier rastro de fatiga bajo una capa de corrector y seguridad.
Sacó de su closet un traje de chaqueta en color gris marengo, de corte impecable, que le daba un aire seguro. Al ajustar el vendaje de su muñeca —ahora más discreto y limpio—, se repitió s