El despliegue en las afueras de la sede de Vanguard era, por decir lo menos, abrumador. Mikaela observaba desde los ventanales gigantes de la empresa, cómo las luces de las cámaras iluminaban la noche de Toronto como si fuera mediodía.
Había furgonetas de canales de televisión por todos lados y periodistas que se empujaban por conseguir el mejor ángulo. Ver aquello le dio una perspectiva real: los Blackwood no solo eran sus jefes, eran una institución nacional.
Se sintió afortunada de estar all